miércoles, 7 de mayo de 2014

Barak, ¿verdad que sí me quieres?

Xavier Q Farfán

TERCERA PARTE. FINAL

"... hemos venido a la capital de nuestro país a cobrar un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra República escribieron las magníficas palabras de la Constitución y de la Declaración de la Independencia firmaron un pagaré del que todo estadounidense habría de ser heredero. Este documento era la promesa de que a todos los hombres les serían garantizados los inalienables derechos a la vida, a la libertad y la búsqueda de la felicidad...en lugar de honrar esta sagrada obligación, Estados Unidos nos ha dado a los negros un cheque sin fondos... pero rehusamos creer no no haya suficientes fondos en las bóvedas de oportunidad de este país, por eso hemos venido a cobrar este cheque que nos colmará de las riquezas de la libertad y de la seguridad de justicia..."

   Este párrafo es una parte del memorable discurso que hace 51 años pronunció Martin Luther King en Washington, a la sombra del monumento a Lincoln. Los americanos blancos de entonces tenían, aún, muy serios problemas para aceptar como sus concuidadanos iguales a los negros.  Durante más de 100 años, luego de abolida la esclavitud, EU los confinó en ghettos; ya no eran sus esclavos, pero tampoco eran sus compatriotas y les prohibieron desde las más elementales libertades individuales hasta las grupales.Todo, todo estaba prohibido para los afroamericanos: desde entrar a una taberna, hasta manifestarse por que no podían entrar a una taberna. 
   En la actualidad el discurso del Dr. Luther K. parece que ya perdió su vigencia, y su urgencia -no totalmente, es entendible-, y por suerte para lo negros, y para los blancos también, la segregación racial por momentos parece un tema superado.Algo se infiltró en el peculiar cerebro de lo gringos que los hizo entrar en razón, aunque por ahí queden algunos trasnochados con capucha de Kukuxklan de esos que antes de llegar a su secta, asisten al juego de basketbol para ovacionar a los jugadores, negros, por cierto.
   Finalmente, lector paciente, no es necesario recordarte que el presidente actual de USA es un negro de religión congregacionista cuyo segundo nombre es Hussein, ni más ni menos, como se llamaba aquel iraquí tan poderoso y tan peligroso, y que tanto odiaban los gringos, y que resultó un enemiguito de papel.
   Entonces, ¿serán o no serán? Solo Dios. Namasté

martes, 6 de mayo de 2014

Barak, ¿verdad que sí me quieres?

Xavier Q Farfán

SEGUNDA PARTE

USA, moderna Torre de Babel

   Está muy claro que Estados Unidos es el país más poderoso sobre la tierra y también está muy claro que pronto ya no lo será, pues los aspirantes a sucederlo vienen pisando fuerte. Pero por lo pronto, como potencia mundial y muy rica, sin pedirla, asume la paternidad de los países más fregados y todos quieren beber de ese manantial inagotable de dólares. Y claro que para todos no alcanza, en ocasiones, ni para los de casa. No obstante ahí seguimos, exigiendo trabajo bien pagado, casa, servicio médico y educación, y claro, que nos hablen en nuestro idioma porque no sabemos inglés y no tenemos ganas de aprenderlo. Hablo de mexicanos, centroamericanos, coreanos, chinos, indios, cubanos, africanos...
   Por su parte los gringos, perfectamente consientes de su necesidad de mano de obra masiva y barata, de médicos, de enfermeras, de técnicos, etc.,  hacen lo que pueden por tener medianamente contentos a los inmigrantes: les abren espacios políticos, culturales, legales; pero para todos no alcanza, es imposible. Entonces, amigo lector, sin pretender imponer ningún punto de vista, ¿crees que tratar de regular la entrada, y a veces evitarla, de miles de aspirantes al american lifestyle, sea una cuestión racista?  No soy fan de Estados Unidos pero es evidente que, aún a regañadientes, asume obligaciones que no están en un ningún manual o en las instrucciones de uso de los países, y bien podría no asumirlas.
   Un breve paseo por el territorio americano nos puede ayudar para ilustrar un poco el tema. Si lo empezamos en Miami, Florida, por ejemplo, de no ser por la modernidad y progreso, creeríamos estar en La Habana, por tanto cubano y tanta salsa -con todo y la fenomenal bravata yanqui del bloqueo total a La Isla-. Si avanzamos más al norte, en Nueva York, y nos sentamos por media hora en Times Square, en el centro de Manhattan, podremos ver desfilar frente a nosotros multitud de personas con atuendos y parloteando idiomas que ni siquiera imaginamos que existan. Todavía más al norte, en Nueva Inglaterra, notaremos que los irlandeses instalaron ahí la sucursal americana de su país -en color verde, por supuesto-. (Nota. Nueva Inglaterra no es una ciudad o un estado, se la denomina así a la región noreste que contiene a Maine, Vermont, Rhode Island, New Hampshire, Connecticut y Massachusetts y su ciudad más prominente es Boston).
   Finalmente crucemos todo el continente para llegar a California, y en cualquiera de sus pueblos y ciudades, habremos de pensar que andamos por algún país latinoamericano. En algunos sectores del este de Los Angeles, por ejemplo, es poco probable que escuchemos hablar inglés a alguien. Ahí se da el racismo al revés, contra los gringos, los dueños de la casa, pues.
   Mañana le seguimos con el dilema negro, si lo permites, mi querido único lector. Namasté.


  

lunes, 5 de mayo de 2014

Barak, ¿verdad que sí me quieres?

Xavier Q Farfán

PRIMERA PARTE

   En este preciso momento, en cualquier punto de nuestro planeta, miles deben estar echando madres y padres a los Estados Unidos de América. Desde el más humilde de los mojados, hasta gobernantes bien picudos de otros lares tienen alguna queja  de nuestros vecinos del Norte. "Pinches gringos, no me dejaron pasar; si yo no iba a buscar trabajo, yo voy de visita" dice el modesto mexicano con una mochila en la espalda en la que sobresalen un pico y una pala. O el gobernante centroamericano que se queja de la economía yanqui estancada, pues no sabe a dónde mandar a sus miles de desempleados. O la muchacha árabe a la que le prometieron un trabajo muy bueno en Nueva York "yo sólo soy estilista, no soy terrorista". Todos pues, tenemos un gimoteo, una querella contra USA, por su mala costumbre de discriminar a la gente. Ser el más poderoso, ya vemos, tiene sus bemoles. Enseguida, lector mío, te paso al costo algunas historias sobre el particular.

El Clan Católico o los irish-womanizer

   En la década de los sesenta del el siglo pasado, una familia de origen irlandés llegó a ser la más influyente de Estados Unidos. Joseph P. Kennedy, su patriarca y fundador, fue un empresario y político multimillonario, demócrata, que surfeó con éxito los prejuicios hacia la comunidad católica-irlandesa -de por sí sectaria- que reinaban en su juventud. Sus hijos John, Robert y Ted se habrían de convertir en piezas claves de la política y el poder gringos durante la última parte del siglo XX. Y además de poderosos, los Kennedy eran muy populares, el pueblo americano los quería de veras. John, el mayor, a sus 43 años fue electo presidente y en los tres años que duró en la Casa Blanca siempre contó con el respaldo incondicional de sus gobernados, hasta su trágica muerte en Dallas, Texas. Hay que decir que el Presidente Kennedy y sus hermanos eran ojo-alegre y le tiraban los canes a cualquier cosa que tuviera faldas (a Marilyn Monroe, por ejemplo, dos de los hermanitos se la repartían en sus ratos libres) y hay que recordar, también, que la familia fue católica practicante, y de raíces irlandesas, como ya se mencionó.
   ¿Cómo así, que en un país racista, ellos pudieron llegar a hasta donde llegaron? Porque en USA, la religión dominante es la cristiana NO católica y a los irlandeses así como quererlos mucho, pues no. Hay incluso un mal chiste que dice que Dios inventó la cerveza para que los de Irlanda no dominaran al mundo.

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domingo, 4 de mayo de 2014

Gracias señores, se merecen una isla

Xavier Q Farfán

CUARTO DIA

   En medio de un tumulto multicolor los festejados iban llegando a uno de los muelles de Acapulco, prestos para abordar el impresionante buque "Giant Ocean". En aquella masa estridente, compuesta en su mayoría por reporteros y fotógrafos, había también gente del pueblo, que atraída por la bulla se acercó para indagar lo que sucedía, y de paso, vender una que otra baratija. Pocos sabían el motivo de la fiesta pero todos vitoreaban, todos aplaudían y todos lanzaban besos a los de la Clase Política cuando cruzaron el puente para entrar al mega-barco y desde la cubierta principal se despidieron agitando sus brazos graciosamente.
   Elvira del Mistro, Rodolfo Urbina y yo, Juan Eduardo Mariscal, no perdíamos detalle de lo que sucedía, nerviosos, pero ciertamente contentos porque todo estaba saliendo bien. En los monitores enormes instalados en nuestro cuartel vimos cuando el Presidente y su infatigable comitiva de asesores, traductores y guardias abordaron el "Giant Ocean", seguidos por los demás ciudadanos sobresalientes de la C.P. y cuando finalmente zarparon. 
   Un par de horas después, en aeropuerto de la Ciudad de México, el resto de los invitados se acomodaba en los poderosos Airbus; allá la escandalera no fue tan grande como en Acapulco, y pocos pasajeros se enteraron de lo que se trataba y del por qué estaban ahí aquellas enormes naves. Cuando al fin vimos que los aparatos carreteaban para el despegue, todos pudimos respiran tranquilamente. No hubo, pues, ningún contratiempo, excepto el del Gobernador medio borracho, que exigía tomarse una selfie con dos hermosas sobrecargos. Por fin los homenajeados iban ya con rumbo a la isla paradisíaca perdida en medio del Pacífico. 
   Y nosotros, el staff organizador, podríamos tomar apenas unas horas de descanso, pues habría que estar tomando nota de cómo evolucionaban las vacaciones de la Clase Política.

Tres días después..

   -Todo está saliendo de maravilla en la isla: los festejados están muy contentos y agradecidos por este gesto que la sociedad les ha brindado, y según se ve, volverán con nuevos bríos. La playa y el sol les han sentado bien-, me comentó Elvira, con sus ojos de avellanas brillantes. -¿Y tú, tienes alguna novedad?-, cuestionó.
   -Ninguna, Elvirita, todo anda bien-, repuse. Vi en ese momento la oportunidad para llevar la charla a un nivel más personal y en esas estaba cuando los teléfonos de la oficina empezaron a repicar.
-Es para usted licenciada Del Mistro-, le avisó un colaborador a Elvira
   De inmediato noté el cambio en su expresión, y empezaba a decir no con la cabeza. Su semblante se fue desencajando segundo a segundo, como si su cara de parafina se derritiera frente al fuego. Sus ojos estaban anclados a los míos pero no me estaba viendo, estaba viendo otra cosa; no perdió la rectitud usual de su espalda, ni la seguridad de sus piernas, pero pude ver con claridad que su cuerpo pedía a gritos un colapso, un desmayo donde descansar. Colgó el teléfono y por fin pudo decirme
-Algo sucedió Juan Eduardo, algo muy malo. Un sismo en el mar ocasionó una marejada o un tsunami, no sé, y arrasó con la isla y nadie ha sobrevivido, me acaban de avisar, está confirmado.
   Como una onda en el agua, el estupor recorrió toda la oficina, los cubículos, los pisos, las paredes. Nadie atinaba a decir nada, pues nada había qué decir; sólo nos mirábamos con miradas huérfanas. Fueron eternos minutos de silencio, como una ofrenda involuntaria.
   Cuando finalmente Elvira del Mistro se recuperó un poco del aturdimiento nos dijo a todos
-¡Muchachos, alguna lección debemos obtener de esta tragedia!, y en honor a las personas fallecidas, vamos  a ponernos a trabajar desde este momento, sin tregua ni descanso, para hacer de nuestro país, el país que todos queremos tener, al que todos queremos pertenecer con dignidad y orgullo.
-Por los pronto tú, Juanlalo-, me pidió, como sólo ella pide las cosas, -busca en los claustros, en las universidades, en las empresas, en el extranjero, en la calle, donde sea, a los mejores jóvenes mexicanos, a las mujeres más capaces -no importa que sean amas de casa-, a los ancianos brillantes, a lo mejor de los mejor, para que ellos  se encarguen de resetear a Mexico, de reiniciarlo-. Por primera vez vacilé ante una orden de Elvitira
-Con todo respeto, Elvira, ¿no te parece una locura?-, le dije tímidamente, -además eso lleva tiempo, es como detener al país en seco.
-¡De eso trata Juan Eduardo, de detenerlo en seco para encenderlo de nuevo!, y por el tiempo no te preocupes, que ya hemos echado al cesto décadas enteras, casi un siglo. Nuestra República, repleta de privilegios naturales y gente buena, no se va a derrumbar con una sacudida de esta categoría. No señor.
-¡Andando!-, me urgió, -¡Andando!
-Ay Elvira, con tus ojos como avellanas brillantes y tus cejas muy pobladas pero bien cuidadas. Tú mandas.








 

sábado, 3 de mayo de 2014

Gracias señores, se merecen una isla

Xavier Q Farfán

TERCER DIA

   De camino a la sede de nuestra "liga de agradecidos", sin reparar en el trajín cotidiano de la calle, de pronto me sentí abrumado por la magnitud de nuestra empresa: ¡Diablos!, organizar un viaje para dos mil personas es un desafío mayúsculo, ¿cómo chingados lo vamos a hacer? Intenté alejar mis titubeos con la voz paranormal de Adele ...there´s a fire starting in my heart.
   Al llegar a la oficina la actividad era frenética como siempre, y como siempre organizada, precisa. Apenas me vio, Elvira del Mistro me hizo un seña para que me acercara.
-Hola Juanlalito, fíjate que ya tenemos muchos avances: se enviaron todas las invitaciones, y aunque algunos declinaron cortésmente, la mayoria aceptó de buen grado. El presidente, senadores, gobernadores, alcaldes, diputados, empresarios, periodistas, intelectuales, asesores de alto nivel, secretarios, etc., están confirmando y también te comento que ya se rentó una isla en medio del Pacífico, ¡como el paraiso, Juanlalo!- me dijo contentísima.
-¡Mira las fotos!-, me urgió girando hacia mi el monitor de su computadora. Era un complejo de resorts de super lujo, con campos de golf, con varias playas y de una vegetación exuberante. Four seasons parecía un hotel sietemesino comparado con esto. Qué barbaro, dejaría que me cortaran un pie con tal de vivir ahí una temporada. La voz imperativa de Elvira me regreso al negocio
-Por lo pronto tú te  encargarás de conseguir barcos y aviones para llevarlos y traerlos. Te sugiero que Acapulco y la Ciudad de México sean los puntos de partida, ¿vale?
-¡Vale!- contesté en automático, porque algo tenía que contestar a Elvira, con sus cejas muy pobladas, pero bien cuidadas. -Ay cabrón, conseguir barcos y aviones, como si fueran taxis- pensé.
   Pero con dinero baila el perro y al cabo de una hora de llamadas, de propuestas, de cotizaciones, de convenios, de acuerdos, pude contratar un par de aeronaves Airbus A380 y un buque de Royal Caribbean, comodísimos todos, en los que la Clase Politica habría a viajar a su vacación de fantasía. Terminada esta gestión, la dama de ojos como avellanas brillantes, me hizo otros encargos.
-Hay que revisar los perfiles de los viajeros, ver sus gustos, sus aficiones, sus debilidades; tenemos que saber todo para poder planear sus actividades en la isla, de manera que se olviden por completo de la rutina de su trabajo-, me pidió Elvirita con esa forma de pedir las cosas a la que no se puede negar nada.
   Después de una revisión aleatoria, pude tener una idea general acerca de los gustos de la C.P. y de inmediato me puse en contacto con multitud de proveedores. -En menudo lío me vine yo a meter, ¡y de voluntario, Dios mío!-, pensaba por momentos. Pero bueno, todo sea por el bien de México. Y hacia las dos de la tarde ya tenía confirmados todos los servicios y amenidades que habrían de tener nuestros vacacionistas.
   Conseguí que los restaurantes El Bulli y Pujol, abrieran sucursales temporales en la isla con menús diseñados por Ferran Adriá, por supuesto. Y también obtuve del Hotel Bellagio su compromiso de estar ahí, con un casino y unas fuentes ambulantes, pues según vi en los perfiles, a nuestros políticos les gusta sacarse el estrés del trabajo apostando poquito y viendo la danza acuática de las fuentes. Tiendas de Prada, Armani, Zegna, Burberry, Dior, Channel. Dolce & Gabanna, etc, y hasta las menos nice como Hollister y Abercrombie, aceptaron nuestra invitación para improvisar un mall donde por supuesto, no faltarán Starbucks, Arby´s, White Castle, Dominos, Wendy´s, Sanborn´s... Claro que habrá cines y foros para espectáculos nocturnos -y de motu proprio, sin avisarle a Elvira del Mistro, contraté a varios artistas para amenizar las noches exóticas en el resort: Celine Dion, Ricky Martin, Shakira y, no podía faltar, la internacional Sonora Santanera-. Finalmente aseguré las provisiones ilimitadas de bebidas en las que figuran Cháteau-Margaux, Petrus, Móet-Chandon, Veuve-clicqout, Dom Pérignon, Hennessy, Don Julio, Aztec Passion, José Cuervo Platino, Buchannan´s 12 y 18, Corona, Heineken, etc. El paladar más sofisticado no tendrá queja alguna de esta selección.
-¡Excelente trabajo!-, exclamó Urbina cuando vio mis resultados. -Nuestros homenajeados la pasarán de maravilla gracias a tus diligencias tan acertadas Juanlalo, de veras, te felicito-, concluyó y siguió hablando por teléfono con grititos educados. Yo me dispuse a abandonar el edificio inteligente pero, con una tacleada muy cordial,  Elvira me detuvo sólo para recordarme que mañana muy temprano había que poner a la Clase Política en sus aviones y barco para iniciar el súper-planeado paseo. Y también me dio palmaditas de aprobación por los trámites logrados.
-¡Hasta mañana, Juanlalo!-, me gritó cuando se retiraba, -¡descansa amigo!

continua

viernes, 2 de mayo de 2014

Gracias señores, se merecen una isla

Xavier Q Farfán

SEGUNDO DIA

   Llegamos a la oficina de mis nuevos amigos poco después de las nueve y ya era una ventisca de actividad: jóvenes vestidos con playeras con la leyenda "se lo merecen" impresa en el frente iban y venían, hablando entre sí, revisando computadores portátiles, atendiendo por teléfono, escribiendo mensajes, en fin. De entrada, toda esta actividad febril me pareció desorganizada, azarosa; pero no, no era así. El propósito central de la causa sincronizaba matemáticamente todos los esfuerzos: homenajear merecidamente a la Clase Política. Muy pronto me encontré haciendo lo mismo que los jóvenes y nunca me acordé de culparme por no asistir a mi trabajo este día.
   El headquarters -como llaman ahora a cualquier oficina de estrategia- de nuestra organización está en un edificio muy moderno, inteligente y ecológico, en una zona de alto valor de la ciudad y tiene una vista privilegiada, en la que sólo hace falta el mar. La renta, me supongo, debe ser alta. Y los chavos voluntarios, a juzgar por su vestimenta, por sus relojes, por sus teléfonos, y por sus modales, parecen ser de familias pudientes. Por un momento todo me pareció un contrasentido: un grupo de personas ricas preparando un homenaje para la Clase Política. Vaya cosa.
-¡Juanlalo!, ¿tienes un minuto por favor?-, me llamó por mi nuevo apodo Elvira, con sus ojos como avellanas brillantes y que, venturosamente, ya me tuteaba.
-La mayoría de los encuestados prefiere que les regalemos unas vacaciones de dos semanas en una isla del Caribe o el Pacífico, en lugar del homenaje. ¿Cómo ves?- me soltó la pregunta así, como si nada.
-Excelente idea-, pude contestar apenas, con cierta conmoción, e imaginando, claro, que yo también podría hacer el viaje.
-¡No se diga más, hagámoslo!-, sentenció decidida Elvira del Mistro, con sus cejas muy pobladas, pero bien cuidadas.
   Fue entonces que aproveche para hacerle a la pregunta que tanto ruido y desconcierto me generaba
-Oye Elvirita, si se puede saber, ¿de dónde sale el dinero para pagar todo esto?, digo, porque no es cualquier cosa lo que estamos haciendo y debe costar una muy buena lana. 
-Así es Juanlalo, está costando mucho billete, pero por suerte tenemos a dos-que-tres benefactores que nos abrieron sus carteras con generosidad. No te voy a decir los nombres, pero algunos figuran en el top-ten de Forbes. ¿Qué tal, eh?- contestó con desenfado y enseguida agarró de por ahí un micrófono inalámbrico para hablarles a todos los voluntarios
-Muchachos, ya sabemos lo que hay que hacer: vamos a organizar las vacaciones de su vida a la Clase Política como un agradecimiento por su aportación al progreso de México. Esta tarde les enviaremos a sus correos instrucciones para que desde mañana, muy temprano, pongamos manos a la obra, ¿de acuerdo?
   Se escucharon en la sala aplausos y uno que otro grito y los jóvenes empezaron a salir, ordenadamente, del edificio inteligente.

continúa

Gracias señores, se merecen una isla

Xavier Q Farfán.

PRIMER DÏA.

   Esta mañana, muy temprano, estaba regando el jardincito de mi casa y vi a una pareja salir de la cochera de un vecino; estaban bien vestidos y compartían una sombrilla. Supuse que eran Testigos y ni modo de meterme corriendo a la casa. Rápido pensé una excusa para evadir la predicación mañanera "gracias por llegar a mi humilde casa, pero saben que estoy por salir a un funeral, qué pena, pero si gustan dejarme sus revistas, más tarde las leo, qué amables"
-Buenos días caballero, ¿nos permitíría su atención un par de segundos? - La manera de pedirlo y la prestancia de la dama no admitían negativas, ninguna en absoluto.
-A sus órdenes-, pude bisbisear, notoriamente amoscado.
-Lo molestamos señor porque sabe que estamos colectando firmas de apoyo en todo el país, para hacer un homenaje a nuestra Clase Política en virtud de todo lo que ha hecho por el bien de los mexicanos.
   Amoscado y todo, de pronto sentí ganas de correrlos a patadones de mi propiedad. Ya no me importó la belleza de la mujer ni lo que había planeado hacer con ella. El tipo que la acompañaba notó mi enfado y se apresuró a decir
-Sabemos que parece una muy mala idea, pero debemos recordar que la tarea de gobernar es muy extenuante, sobre todo en México. Se requiere una capacidad de sacrificio, que a veces raya en el martirio. Recuerde usted a todos esos servidores que rara vez pueden ir a su casa para comer, o para dormir. Por ejemplo -siguió diciendo el tipo-, esas sesiones en el Congreso que en ocasiones demoran todo el día y toda la noche y para qué, pues para que los mexicanos tengamos leyes más justas; eso lo hacen los legisladores desinteresadamente. Todos ellos, los de la Clase Política, sin exagerar, se inmolan todos los días al servicio de la Patria. Gobernadores, secretarios, alcaldes, mandos medios, están ahí todos los días, prestos para saber de las necesidades más sentidas de los mexicanos, que tendremos muchos defectos, mister, pero malagradecidos no,  nunca, jamás-, finalizó el tipo.
   La homilía del visitante me anestesió la beligerancia y la propuesta, de suyo extravagante, empezó a tener sentido, pese a los prejuicios que durante años había tejído delicadamente con suspicacias y envidia, respecto a la Clase Política.
-No estaría mal, pues si se les motiva un poco, los políticos harán mejor su trabajo-, dije, tratando de leer la reacción de la mujer de ojos de avellanas brillantes y cejas muy pobladas, pero bien cuidadas. Enseguida la cuestioné sin dejar de verla, -pero dígame, ¿exactamente quiénes son la Clase Política?
-Todos aquellos que obtienen un beneficio de los dineros públicos, bien ganado, por supuesto. Le puedo mencionar ahora que constructores, comunicadores, proveedores diversos, funcionarios de cierto nivel, se benefician del herario público, pero lo hacen a cambio de un servicio o un trabajo valiosos para el Estado. Y no obstante que su servicio al bien común es puntualmente pagado, sentimos que se hace necesario un incentivo extra- explicó persuasivamente la mujer.
-Además-, remató, -recuerde que ellos son nuestros empleados, y a los empleados hay que tenerlos contentos para que no nos roben.
   Este último razonamiento terminó por convencerme. Les pedí la hoja para firmarla muy contento y me presenté con una disculpa: -Perdón, me llamo Juan Eduardo Mariscal.
-Mucho gusto Juan, yo soy Elvira del Mistro y mi amigo se llama Rodolfo Urbina-, dijo la dama elegante de cejas muy pobladas, pero bien cuidadas.
   Y otra vez amoscado, les pedí que me aceptaran como voluntario de su causa, tan justa y necesaria.
-Claro que sí-, me aceptó el tal Urbina, -mañana a las 9 pasamos por usted para la junta en la que vamos a revisar los resultados de la encuesta y decidir cómo será el homenaje, o el obsequio, o lo que sea que fuere, para nuestra Clase Política.

continúa