sábado, 14 de junio de 2014

Dios mío, ¿por qué no me hiciste sofisticado?

Xavier Q Farfán

Una pesadilla con Elton John de colado

   Quiero imaginar que todas la mamás son así, que todas quieren que sus hijos tengan modos educados, y hasta elegantes, sobre todo en la mesa, a la hora de comer. La mía así era: nos insistía, a sus cuatro hijos, que usáramos correctamente los cubiertos, que no apoyáramos los codos sobre la mesa, que no habláramos con la boca llena, que no hiciéramos ruidos al tomar la sopa. En fin, todas esas valiosas recomendaciones que hacen las madres a sus hijos silvestrones, como yo.
   Debo decirte, lector gourmet, que en aquella época el aprendizaje de los buenos modales era a base de sapes: si a la primera no aprendías, tu madre te lanzaba una mirada preventiva de pocos amigos; luego, a la segunda, era un grito: ¡que bajes los codos de la mesa, fregaderas! A la tercera de plano era un manotazo en la nuca. Así más o menos era el sistema educativo en mi casa, y supongo que en otras también. Por supuesto que las quejas ante el DIF no existían, y de muy poco hubieran servido, pues el temor a una cintareada mayor me quitaba las ganas de ir de soplón.
   Tengo la curiosidad enfermiza de saber quién si hubiera infartado primero, si María Montessori al ver la pedagogía del cinturón, efectiva por cierto, de mi santa madre o mi santa madre, al conocer el método permisivo, muy laissez faire, de la italiana. En fin, ahora creo que me he salido del tema, para variar.
   Te decía, amigo paciente, de cómo aprendí a usar los cubiertos, que son tres, según yo: cuchara, tenedor y cuchillo. Con el cuchillo, lo confieso, no soy muy hábil pues como no había mucho que cortar a la hora de comer, no lo usaba con regularidad. Acaso una vez por semana y el resto de los días no era necesario, vamos, ni sacarlo del cajón. ¡Ni modo de cortar las frijolitos o las tortillas! De cualquier forma se agradecen los trancazos educadores. Pero... ¡Mi mamá nunca me dijo que los cubiertos eran muchos más que tres!  Y tampoco me enseño a distinguir las añadas de los vinos de mesa. Que contrariedad. Finalmente quiero dejar claro que esto no es un reclamo para la autora de mis días, que murió hace 15 años, pues tengo para mí que ella sabía todo esto, pero no le encontró mucha utilidad enseñárselo al mongolito.
   Y ya se que había prometido no reseñar mis aventuras infantiles, pero esta vez no me pude contener pues estoy metido en un gran dilema, único lector mío, y por eso este prólogo inapetente que te estoy recetando. Ahí tienes que durante la semana me llegó una invitación en sobre lacrado cuyo remitente es, ni más ni menos, la Casa Real del Reino Unido, y está firmada, ¡lo juro!, por la Reina Isabel II, y con letras más chiquitas, también por el Príncipe Felipe. Cagadísima que me dí creyendo, en un principio, que se trataba de una notificación por algún apunte mío del pasado. Pero no, resulta que es una convocatoria para asistir a una reunión en el Palacio de Westminster en la que la Monarca le quitará el título nobiliario de "Sir" a Elton John, dizque por conducta antideportiva. El motivo de la velada, el que sea, en estos momentos me viene valiendo madres; lo que me tiene alarmado es la lista larguísima de sugerencias protocolarias que trae, como encarte, el aviso real.
   Como te imaginarás, los puntos más importantes de esta lista atroz son los relativos a la cena de gala, cuyo éxito radica en el buen uso que se haga de los cubiertos, tema en el que soy, como advertía líneas atrás, un tanto analfabeto. Tendré que buscar en el Manual de Carreño, o preguntar a quien ya asistió a una cena con Isabel II, cómo salir bien librado, o cuando menos no pasar por tonto, en este evento al que no tengo la más remota idea del por qué fui invitado. Otro día te seguiré platicando de esta pesadilla, lectorazo del alma, porque tú ya te enteraste que estoy soñando y yo aún no, porque estoy dormido. Y en lo que despierto, me voy a poner a estudiar un esquema de los cubiertos. Namasté.

P.D. Después del diagramita te voy a dejar una rola del ex-Sir Elton John como homenaje, antes de que le chupen la sangre azul y le trasfundan la roja que tenía antes.

   

Mi reto gourmet del día: memorizar esta tablita idiota. 


 

jueves, 12 de junio de 2014

Tropecé de nuevo con la misma güera

Xavier Q Farfán.

   Hace unos días platicábamos en este espacio de algunas manifestaciones "artísticas", que por la fuerza de ser singulares, sus autores las quieren acomodar en el inventario de las bellas artes, que son 7, nada más. Recordarás, lector, a la chica de Luxemburgo que mostró alegremente su vagina en un museo de París, a quien en un ejercicio democrático, luego de pensar y pensar, le otorgué el beneficio de la duda. Pero no, no hay modo. 
   Le busqué por el lado de la escultura, de la literatura, de la danza, del cine, de la pintura, de la música y de la arquitectura, pero nada pude hacer por la rubia presumida. Definitivamente su bravata púbica no es, repito, arte. Y este asunto ya se tornó personal, pues ahora caigo, si la encueratriz espontánea es una artista seria, sabe perfectamente que lo que hizo no es arte, y entonces ¿por qué lo hizo? Muy sencillo: el afán de notoriedad, de que la vean, de que hablen; y aunque su técnica sea muy poco ortodoxa, la nena logró fama instantánea, en minutos. Me imagino que sus otros talentos, si los tiene, iban muy despacio, pero con el turbo de "sus partecitas" llegó a donde quería llegar. Bien por ella.
  Te decía, lector amigo, que esta cuestión ya se hizo personal pues yo, inocente que soy, caí redondo en el garlito, y aquí estoy con mi bocota, no una vez, ¡dos veces!, hablando de la güera del museo. Pero juro venganza y cuando me la encuentre por ahí no la voy a saludar, para que se eduque.
   Para olvidar más rápido este asunto voy a recordar ejemplos de cada una de las 7 artes, que son mis favoritos.

Arquitectura. El edificio Empire State, en Nueva York, diseñado por William F. Lamb.



Pintura. La Habitación de Van Gogh en Arles (1889). Vincent Van Gogh



Escultura. La Piedad. Miguel Angel (1498)


Cine. The Shawshank Redemption (Sueño de fuga). Frank Darabont (1994)



Danza. Ballet El Hada de Azúcar. El Cascanueces de Tchaikovsky



Literatura. El amor en los tiempos del cólera. Gabriel García M. (1985)



Música. Las Cuatro Estaciones. Antonio Vivaldi (1725)


 
   Ahí te los dejo, amigazo mío, a ver si tenemos algunas coincidencias en este tema de las 7 artes, que ciertamente es de percepción personalísima, pero tampoco se trata de abusar. Y ya me voy porque quiero conocer a Gabriel, que nació ayer, en medio de mucha alegría. Mi esposa y mi hijos insisten en que es mi nieto, pero nel pastel, es mi sobrino. Namasté.

miércoles, 11 de junio de 2014

Mis Quince: del ritual al desmadre

Xavier Q Farfán

Píldoras de excelencia para México. Tercera dosis

SEGUNDA PARTE. Final

  En la entrega anterior platicamos un poco de lo gravoso que resulta el festejo de las quinceañeras y propusimos algunas alternativas para invertir el dinero, en el inteligente caso de que los padres decidan no organizarlo. Claro que es una determinación que sólo incumbe a la familia, y además es su dinero el que tiran a la basura; en consecuencia, lo que yo diga carece de importancia, pero como ya empece, ni modo. Quién me manda.
   Veamos ahora, a vuelo de pájaro, el lado simbólico de esta fiesta que con el correr de los años no ha perdido su significación más subterránea, pero sus expresiones se han cambiado hasta convertirse, hoy, en auténticas meriendas de negros gobernadas alegremente por Baco.
   Pues resulta, fiel lector pachanguero, que la celebración de los Quince se realiza desde épocas remotas, quizá desde el momento ese, abominable, en que el hombre se enteró de que con un par de tortazos en la cara, podía reducir a la mujer a la obediencia y al temor. Ya sometidas, ahí en su reducto obligado, cueva o casa, las damas empezaron a ritualizar su posición secundaria, primero como una medida de supervivencia, para mantener al simio contento, pues; y luego para reafirmarse como personas, aún en desventaja, con una serie de protocolos singulares.
   Y uno de estos protocolos es precisamente el festejo de los Quince: criar y educar a la hija, para que a cierta edad esté lista para dejar la casa y empezar a interactuar en sociedad con sus propios medios. Ese es el propósito visible, el que conscientemente las madres argumentan, Sin embargo, el propósito subconsciente, el que dicta el instinto de conservación y el miedo, es preparar a la niña para que venga un mono igual que el papá y se la lleve. Voy a intentar ilustrar esto con un monólogo, hipotético, de cualquier mujer:
"Ya entendí que eres más fuerte que yo; no es necesario que me lo recuerdes todos los días con una golpiza. En adelante, no impugnaré tu condición de macho dominante, es más, la alentaré de tal modo que siempre estés contento. Hacerlo así demostrará que soy más inteligente que tú. Mis pequeños actos diarios como cuidar de tus hijos, asear tu casa, preparar tu cena ya no son productos del miedo, son estrategias para superarte. Son como una bofetada con guante blanco".
   Es evidente que la misoginia es el elemento subyacente a esta trama de respuestas intrincadas. Hoy, como hace cientos de años, las mujeres defienden sus vidas y su género con escudos simbólicos y ritualistas en los que los hombres, sin darnos cuenta, nos hemos enredado siempre.
   Para una sociedad moderna y semi-educada como la nuestra, todo este complejo sistema de supervivencia no existe, claro que no: se trata solamente de una feliz ocasión para demostrar nuestro cariño a la hija que cumple sus quince primaveras. Nada más.

El paseo de las estrellas en Hummer

   Luego de esta excursión psicoanalítica sin sentido, y si te queda un poco de humor para soportarlo, amigo lector, vamos por el epílogo de este bebistrajo somnífero.
   Ya repasamos los aspectos monetario y simbólico de los Quinceaños y ahora intentemos describir un poquitín la fiesta, que inicia desde muy temprano y en forma caótica, porque si no es caótica, no es una fiesta de quinceaños. Y en este caos, curiosamente los hombres no participan, solo miran con azoro la actividad frenética de las mujeres, excepto cuando se trata de un muchacho con maneras delicadas, es decir jotito, pues él sí colabora gustoso.
   Luego de las prisas mañaneras, de las pruebas de vestidos, de las de maquillaje, de las de peinado, por fin a media tarde la festejada queda lista al igual que su séquito de damitas y chambelanes, para iniciar el tour tradicional: primero a la iglesia para dar gracias, luego a una sesión de fotos en algún monumento famoso y finalmente al salón de baile, donde finalizará, a Dios gracias, el evento.
   Este recorrido obligado se debe hacer a bordo de una limosina, gigante si se puede, y Hummer si se puede, porque de otra forma no sería una quinceañera. Moda es moda, y aplica tanto para las familias ricas como para las más depauperadas. Aquí no hay clases, todo es deliciosamente universal.
   Cuando finalmente el cortejo arriba al salón, inicia el momento crucial del ágape, en el que todo lo ensayado por meses debe salir encantador. Pero con la novedad, que todo salió mal. Si la ceremonia implicaba el uso de fuego, pese las arduas prácticas, alguien no hizo bien su parte y el vestido de la festejada terminó chamuscado o si eran necesarias algunas acrobacias para la presentación, alguien no hizo bien su parte y un chambelán terminó con el hombro dislocado. Venturosamente, los presentes que no están ebrios, y que sólo fueron a cenar y a beber gratis, nunca se dieron cuenta de los percances porque creyeron que eran parte del show. Pero que no cunda el pánico: todo esto es normal, es parte de la novatada que la jovencita quinceañera debe superar ahora que ya es toda una mujer. Namasté. 



lunes, 9 de junio de 2014

Y para las Quinceañeras Malcriadas, su fiesta

Xavier Q Farfán

Píldoras de excelencia para México. Tercera dosis.

   Estoy plenamente de acuerdo en que debemos ser respetuosos de las ideas de los demás, de sus costumbres, de sus manías, de sus gustos, de sus ideologías. No llego, por supuesto, a la temeridad de Voltaire (Francia, 1694), que alguna vez dijo: "podré NO estar de acuerdo con tus ideas, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlas". No es para tanto; simplemente procuro no meterme en los asuntos de los demás, ni entro en controversia con nadie. Sin embargo, este día sí me voy a tomar ciertas libertades con el propósito único de defender a las jovencitas quinceañeras de mi Patría fiestera.
   Me gustaría que fuera un decreto, pero lo vamos a dejar en una sugerencia, si estás de acuerdo mi atribulado lector, y prometo que ésta será una de las raras ocasiones en que meta mi nariz a donde no la llaman. Y como no se a quién dirigir mi propuesta, casi casi exigencia, la voy a dejar abierta:

A quien corresponda.

Por este medio, los abajo-firmantes (mi único lector y yo) solicitamos de la manera más atenta que desde este momento queden prohibidas las fiestas de quinceaños en nuestro país. Gracias por su atención.

   Espero que la persona que pueda hacer una decisión al respecto, lea en algún momento este memorandum; ayudaría mucho si alguien la conoce, le haga llegar el recado lo más pronto posible y así evitarles más daños emocionales a nuestras señoritas que están por cumplir sus quince años de vida.
   Parecería una exageración de parte mía, pero no. Es una verdadera necesidad de México empezar a desterrar para siempre las fiestas de quince años porque además de ser onerosas, representan un golpe bajo, muy bajo, a la dignidad de las festejadas, y de pasada al buen gusto. Las excusas para hacer obligatorio el tremendo pachangón son patéticas: hay que celebrar porque la consentida de la casa va a "debutar en sociedad", o porque "ha llegado a la edad de las ilusiones", o porque "ha dejado de ser niña para convertirse en mujer" . Y si me apuran un  poco, además de patéticas son inexactas, pues debutamos en sociedad y llegamos a la edad de las ilusiones cuando nacemos, no quince años después. Y como sabemos, la madurez biológica en las mujeres no se manifiesta a esta edad, sino antes.
   Para irnos por partes, vamos a revisar un poco el tema económico de estas tertulias, porque para organizarlas se requiere primero de un buen billete, lo que no quiere decir que sean privativas de familias pudientes. Claro que no, !faltaba más!, porque las familias pobres, con tal de darle el festejo de su vida a la desdichada hija, hipotecan la mitad de sus vidas en Coppel o Banco Azteca. Pero bueno, ya con el dinero en mano habrá que rentar un salón, pagar una banda de música, mandar a hacer el vestido de la novia -perdón, de la quinceañera- y los de sus damas; también a los chambelanes hay que vestirlos glamorosamente (algunas mamás muy puntillosas les pagan un tratamiento para el acné), comprar muchas flores, contratar un servicio de banquete con los menús más sofisticados y claro, no pueden faltar los tragos: cervezas, tequilas y whiskys en cantidades oceánicas.
   Torcidamente, los papás piensan que la niña será más feliz entre más dinero gasten en su festejo y como sinceramente desean la felicidad de la niña, pues no se andan con poquiterías y abren sus billeteras en forma por demás liberal. Son pequeñas fortunas las que se chutan en una noche de gloria de la que sólo quedan, como recuerdo, 200 fotos y un video, que puntualmente la muchacha destruirá un año después.
   Esa pequeña fortuna, y que quede claro que no es mi intención fastidiarles el desayuno a los padres que ya hicieron el gastazo, puede alcanzar perfectamente para pagar los siguientes eventos:
- Vacaciones para tres personas (no aplica para chambelanes, off course) en cualquier playa de México con hotel 3 estrellas y vuelo redondo.
- Fondo universitario en previsión de cualquier imponderable futuro.
- Un semestre en Estados Unidos para aprender el inglés.
- Ahorro para la boda de la chica en el caso de que el marido le resulte medio inútil (sarcasmo innecesario).
 Mañana platicaremos de otras implicaciones de estas mega-fiestas, si lo autorizas, lector quinceañero, y por lo pronto te dejo un video muy reflexivo sobre el tema. Namasté.



domingo, 8 de junio de 2014

Bienvenidos a la nueva sección "Enigmas Amateur"

Xavier Q Farfán


El Coyote cena esta noche. ¡Sí señor!

  No todos los días es el lanzamiento mundial de una sección en una revista virtual tan inútil como ésta, y en domingo, menos, porque el domingo lo hizo Dios para descansar de todas las locuras que hicimos en la semana, y para planear las que haremos en la próxima. Así es, este día es para tirar barra, para ver deportes en la tele y para reponer los besos que no dimos a la familia el miércoles y el jueves. Es para estar de oquis, y no sentir culpa por ello. Recordemos que el mismo Dios descansó en un día como hoy, luego de haber inventado al mundo y a sus hijos descarriados. Me imagino, lector dominguero, que Diosito, luego de ver su obra se dio la arrepentidota de su vida, pero se consoló pensando que algún día nos habremos de componer. En fin, Dios bendiga a Dios, y también bendiga a Jaime Sabines, por esta frase.
   Y para variar ya se me olvidó lo que quería comentarte esta vez, amigo mío, así que te solicito unos segundos para darme un pequeño madrazo en la cabeza para reaccionar. ¡Ah sí!, la idea era inaugurar la sección "Enigmas Amateur", aquí en Humoralia, en la que iremos coleccionando todas esas preguntas que cotidianamente nos hacemos, y que cotidianamente ignoramos, porque son preguntas muy mentecatas. Así que sin mayor preámbulo iniciemos con este ejercicio, digno de los cerebros más conspícuos.

1.- ¿Por qué ponemos las cajas de cereal encima del refrigerador?

2.- ¿Por qué los sacerdotes insisten en llamarnos hermanos cuando nosotros insistimos en llamarlos Padres?

3.- ¿Por qué cuando malabareas el rollo de papel higiénico en el cuarto de baño, indistintamente cae en el retrete?

4.- ¿Porque Silvestre, a pesar de que es gato, nunca puede atrapar y comerse a Piolín?

5.- ¿Por qué Coyote, a pesar de que es coyote, nunca puede atrapar y comerse a Correcaminos?

6.- ¿Por qué Tom, a pesar de que es gato, nunca puede atrapar y comerse a Jerry?

   Respecto a los tres últimas preguntas, y aprovechando que estás de buenas, único lector, quiero hacer algunos reclamos, muy enfáticos, a los creadores de estas caricaturas: llevó muchísimos años esperando el momento de que las malditas aves y el roedor sean devorados por sus enemigos. Creo que mi lealtad merece tal desenlace, o acaso ¿es mucho pedir a sus creativos que hagan un capítulo al respecto? Disfrutaría mucho ver a Tom, a Coyote y a Silvestre desayunando juntos ya sabemos qué. Luego podrán llegar los hermanitos de las víctimas para sustituirlas y así alargar la caza imposible, al menos para otro par de generaciones desesperadas. Digo yo.
   Bien, otro día seguiremos con esto; por lo pronto voy a cerrar este domingo escuchando una deliciosa salsita de Niche y leyendo, porque felizmente estoy solo en casa. Bueno, anda por aquí un zombi que me dice papá; lo veo pasar a mi lado con audífonos y mirando un celular, me ve y me saluda moviendo un poco la cabeza, nada más. Sí, Patricio es un zombi. Namasté.


A pesar de que es un poco idiota, Tom ya se
merece un banquete de roedor cínico.

Ser rubia natural, ¿es una obra de arte?

Xavier Q Farfán

Los renglones torcidos de Minerva Diosa

   Supongo que no soy el único de por aquí que, por momentos, piensa que ya lo ha visto todo. ¡No lo niegues por favor lector, que te conozco, a tí también te ha sucedido! ¿a poco no? Esa sensación -falsa, claro- de que ya nada me podría sorprender en el mundo, de vez en cuando me asalta y me tranquiliza, pues mi corazoncito ya no está para muchas novedades y sorpresas. Pero la realidad es testaruda y todos los santos días me topo con algo o con alguien que me asombra, pero ya no se lo cuento nadie, porque cuando lo hacía me asombraba que se asombraran de mi asombro: ¡qué lindo Javier, no has perdido tu capacidad de asombro! Mon Dieu.
   No obstante, la asombrada que me dí ayer, esa sí no tuvo madre, fue Categoría 5 en la escala Saffir-Simpson, la neta.  Sucede que una artista de Luxemburgo, Deborah de Robertis, hermosísima con su vestido corto de lamé dorado, entró al Museo D Orsay, en París y avanzó hacia el cuadro El Origen de la Vida, de Gustave Courtbet, se sentó ahí y abrió sus piernitas, con mucha seguridad, para mostrar sus genitales a los asistentes, mientras decía un poema feminista, por supuesto. Los guardias del museo nada pudieron hacer para evitar este performance inusitado. La rubia, genuina como ya comprobamos, quiso replicar la pintura de Courbet, que muestra la vagina de una mujer con profuso vello púbico. ¡Por el amor de Dios!
   Te confieso, asustado lector mío, que poco me faltó para zurrarme de la sorpresa, y después de la risa. Y también te confieso que no me sorprendió el hecho de que una mujer se encuerara en el D Orsay; lo que me sorprende es que digan que es una obra de arte, o un performance de arte. ¡Que no mamen! No soy ningún mojigato, ni me ando meando con moralinas de fariseo, y la vagina de la Güera de Luxemburgo no me enoja, sólo me sorprende. Admito, además, que no soy un diletante consumado como para decidir qué es arte y qué no lo es, pero pendejo no soy y a mí no me la pegan: esto de exhibir los genitales declamando un poema no es arte. Tampoco es arte que otra mujer haga "cuadros" con los chorros de pinturas que, a fuerza de contracciones uterinas, salen por su vagina. Y menos es arte aquella premiada película mexicana "La tarea", en la que una cámara oculta bajo una mesa o un escritorio, registra los encuentros sexuales, aburridísimos por cierto, de aquella pareja formada por María Rojo y José Alonso.
  Pudo suceder, sin embargo, que en algún lapsus mío, o en algún estado de coma que ahora no recuerdo, hayan inaugurado el Octavo Arte -o deliberadamente no me invitaron- en el que cabrían sin problema esta expresiones que acabo de referir. Entonces tendría yo que retractarme de todo lo dicho y aceptar, finalmente, que sí es arte. Puede ser. Y si ese fuera el caso, voy a postular para esta categoría un arte personal, muy personal, que desarrollé durante mi infancia, en la que no hubo Ataris ni cochecitos eléctricos; solo tierra, mucha tierra. Pues bien, esta notable habilidad consistía en formar un cerrito de tierra de unos 10 centímetros de alto; luego en la punta le hacía una cavidad, como un cráter de volcán, que finalmente rellenaba con orina, que depositaba con prometedora precisión. Al cabo de un rato, soplando, retiraba toda la tierra que había quedado sin mojar y ¡Bazinga! El resultado era una hermosa copa con forma cónica. Mira, amigazo del alma, las vueltas que da la vida: ahora resulta que soy alfarero, que soy Xavier Potter. Namasté.

viernes, 6 de junio de 2014

Y tú, ¿ya procrastinaste el día de hoy?

Xavier Q Farfán

El arte de no hacer hoy, lo que no voy a hacer mañana

   No te me pongas flamenco todavía, mi amigo lector, y deja te explico que los psicólogos tenemos la mala costumbre de inventarles nombres rimbombantes a los trastornos que no podemos arreglar. Es un sistema en el que todos ganamos: el cliente su va a casa con una nueva enfermedad muy elegante y el terapista, como atiende una enfermedad nueva muy elegante, puede aumentar su cobro. ¿No es genial? Aquí nadie pierde con la procrastinación.
   ¿Pero qué rayos significa la palabreja? ¿A quien la invento no se le ocurrió otra menos extraña? ¿es importante para tenerla en mi vocabulario? No lo sé, de veras que no lo se, pero a este término sofisticado le he encontrado tres funciones básicas:
- El semántico, que la define como la tendencia humana, anómala, a postergar acciones y decisiones.
- El práctico, porque puede servir como ejercicio vocal para los tartamudos: "el Rey de la procrastinación es un gran procrastinador y quien lo desprocrastine será un gran desprocrastinador"
- El análogo, porque curiosamente quienes tienen dificultades para pronunciar dicha palabra, resultan ser procrastinadores sin remedio.
   Por primera vez en esta tarde me voy a poner serio y trataré de explicar un poco este desorden emocional, cuyo nombre me parece un alarde etimológico innecesario, pero bueno, yo no lo elegí. La procrastinación, es pues, la tendencia a posponer una actividad que debe realizarse, haciendo otra menos importante y agradable, por una percepción de amenaza, dificultad o peligro. Esto explica, por ejemplo, los hábitos adictivos de ver TV o los videojuegos como medios de evasión ante una actividad incómoda pendiente de realizar. Este trastorno del comportamiento también es señalado como síntoma de otros trastornos, como la depresión. 
   Las personas con esta tendencia, son perfeccionistas, ansiosos, impacientes, tienen miedo al fracaso o se sienten incompetentes ante los retos de la vida. Menudo lío, pero que venturosamente puede llegar a puerto seguro con terapia congnitiva-conductual. Finalmente, esta irregularidad de la conducta se presenta en forma colectiva, por ejemplo, en el hábito generalizado de acudir al banco a pagar los impuestos, solo hasta el último día de plazo.
   Espero, lector, que saber esto te sea útil alguna vez en la vida. Yo por lo pronto ya me voy a procrastinar, aunque pensándolo bien, mejor procrastinaré el día mañana. Namasté