lunes, 4 de enero de 2016

Bolos, el planeta rebelde

Xavier Q Farfán

Capitulo II. La Pesadilla de la Zona Plana

   Los destellos multicolores emitidos desde el pórtico virtual cesaron de pronto, pero ese zumbido irritante siguió haciendo vibrar todo el anillo de asteroides algunos instantes; daba la impresión que en cualquier momento estallaría todo, pero no pasó nada. El silencio habitual del espacio otra vez se hizo presente y Zungaar, solo de nuevo en el Laberinto de las Rocas Silenciosas, no dejaba de mirar la roca blanca por cuyo orificio su amigo Bolos había desaparecido. Mucho rato permaneció ahí, ensimismado e inmóvil ocasionalmente estremecido por los remezones de la luz vibrante. Imposible saber lo que estaba pensando.
   Cuando finalmente el intenso brillo de Milo fue declinando paulatinamente hasta desaparecer del firmamento del anillo, el cansancio y la oscuridad sacaron a Zungaar de sus cavilaciones y flotó de regreso a su guarida. Ya en la seguridad de la cueva, aunque un poco triste por la ausencia del anaranjado, no dejaba de pensar y maravillarse del paso de los cometas. Claro que ya los había visto en ocasiones anteriores, pero jamás les prestó mucha atención y ahora que estuvo tan atento a su paso pudo ver que no se trataba de estrellas nómadas, de brillo propio, sino más bien montones de hielo y otras sustancias que reflejaban intensamente la luz de algún sol cercano. Es increíble, pensaba, cómo un objeto sin luz propia puede brillar tanto en el cielo, al grado de parecer una hermosa estrella con su coma deslumbrante y una cauda de polvo y gas cósmicos que de tan luminosa, parece viva.
   Las reflexiones de Zungaar siguieron durante parte de la noche y por supuesto pensaba en Bolos; tenía la preocupación de que en el momento de cruzar la puerta virtual, algo pudo salir mal y en lugar de llegar al espacio abierto, como ambos esperaban, quizás fue abducido por la Zona Plana. Sin embargo no había forma de saberlo y sólo confiaba en que su amigo ya estaba nuevamente recorriendo el universo. Y nostálgico por momentos, deseaba haber acompañado al vagabundo, saber que estaba bien y ser testigo de primera mano de los descubrimientos fantásticos que seguramente lograría.
   La Zona Plana es un lugar indefinido del que nadie puede precisar su ubicación ni su tamaño ni nada y solamente los astros que alguna vez estuvieron cautivos ahí, pudieran dar alguna información de lo que vieron y de cómo entraron y al final de cómo salieron, pero hasta la fecha, en todo el espacio conocido nunca se ha sabido de alguno. Ni siquiera Druma que era un consumado planeta aventurero y conocedor de los fenómenos celestes sabía mucho de la ZP, sólo versiones que fue recogiendo a lo largo de sus viajes interestelares. Incluso él, ahora mismo, bien pudiera estar encerrado ahí. ¿Cómo saberlo? Lo que se especulaba era que adentro sólo existía una dimensión y los objetos por grandes que fueran se transformaban en algo así como discos con un solo plano muy delgado y que vagaban por siempre, a veces adheridos al muro invisible de la Zona, a veces sueltos por ahí, sin dirección ni propósito.
   También se decía que los astros aherrojados en la Zona, podían mirar hacia el exterior a través de sus muros invisibles pero infranqueables y hasta gritar, si querían, pero sus voces eran devueltas por la pared en forma de ecos muy chirriantes, insoportables, tanto que preferían ni siquiera hablar. Era, si vale la comparación, como estar en una gran pecera esférica inexpugnable y por si fuera poco, invisible para quienes estaban afuera. No había, pues, forma de salir y tampoco de pedir auxilio.
   No obstante este destino de cautiverio absoluto sin fin, las leyendas también mencionaban algunas posibilidades, muy remotas e improbables, de escape. Así, por ejemplo, se decía que la Zona Plana no era la única del universo, que otras como ella vagaban fortuitamente en la inmensidad espacial y cuando accidentalmente dos se aproximaban entre sí, la atracción resultante era tal que el choque producía una anti-explosión, o explosión muda, como les dicen. Tan descomunal era la energía producida por el choque de dos zonas planas que por un brevísimo instante se iluminaba, hasta sus confines mismos, todo el universo.
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   El resultado de la explosión muda, de una potencia tan absurda como silenciosa, era que las zonas planas involucradas desaparecían por completo y que los objetos retenidos eran liberados todavía en forma de discos muy delgados pero que en cualquier momento, así de repente, recobraban su volumen normal. Como si fuera posible más asombro, esta leyenda remataba con la versión de que cuando los astros aplanados retomaban su forma, también, así de repente, se duplicaban a sí mismos y adquirían luz propia, es decir se convertían en estrellas -de las conocidas como gemelas-, en una suerte de mitosis sideral gigantesca. Sin embargo no se debe perder de vista que se trata sólo de una leyenda, que aún con elementos muy reales y resultados muy convincentes no deja de ser eso, una leyenda. Habría entonces que preguntar a los astros liberados, ahora relucientes estrellas, si todo esto es cierto. Sólo falta encontrar uno.
   Todas estas divagaciones excéntricas a cerca de la Zona Plana al parecer seguirán siendo sólo eso, porque en algún sitio sin identificar y por lo que se ve, muy lejano, sorpresivamente apareció Bolos, el planeta rebelde y estaba muy atolondrado, tanto que no sabía se subía o bajaba, o si iba o venía. Resulta que cuando apenas tocó la superficie que parecía líquida de la puerta virtual, allá en el Laberinto de las Rocas Silenciosas, fue jalado por una fuerza muy grande y desconocida que lo condujo por algo que parecía una resbaladilla casi vertical muy oscura. En apenas una fracción de segundo la caída adquirió tal velocidad que su masa empezó a contraerse y a aplanarse; sentía que la fricción que enfrentaba le arrancaba partes enormes de su corteza y creyó entonces que la Zona Plana lo había atrapado, pues su forma redonda, de naranja, se había esfumado y ahora era sólo un disco volador muy veloz. De pronto ya no vio ni sintió nada, hasta que así de pronto, también, su cuerpo recobró sus formas normales y Bolos volvió en sí.
 
  

domingo, 3 de enero de 2016

La Leyenda de Ricardo el descalzo

Xavier Q Farfán

Crónicas del Sendero de la Gruta. Segunda parte.

   Mi trabajo de auditor de leyendas me ha llevado a los lugares más insospechados, he peregrinado por los caminos más llanos y también por los más intrincados; los paisajes avistados han sido mayormente hermosos, exuberantes, y algunos muy sombríos. He conocido también a mucha gente: mujeres, hombres y niños normales, extraños, sospechosos, mentirosos, confiables, siniestros, amables, uraños. En fin que puedo decir, sin faltar a la verdad, que lo he visto casi todo.

  Siempre que emprendo mis viajes de estudio llevo la consigna de no albergar ideas preconcebidas acerca de los sitios que visito para que el dictamen final sea objetivo y justo, y aunque admito que hacer convivir a las palabras "leyenda" y "objetivo" en una misma oración no es sencillo, intentarlo hace a mi trabajo más apasionante. Sin embargo, en esta expedición a El Leñoso sentí una carga excepcional cuando abordaba el Tren de la Cordillera, una suerte de emoción anticipada muy agradable que me pegó, aquí, en la boca del estómago. Con esa sensación de optimismo me instalé lo más cómodo que pude en el vagón de Primera -que por cierto era el único para pasajeros del breve convoy- al lado de una señora joven muy seria, que a juzgar por el rosario que manipulaba, estuvo rezando gran parte de la travesía. Sólo una vez intenté emprender charla con la dama porque el seco monosílabo que recibí por respuesta fue suficientemente claro. Mejor me dediqué a contemplar la campiña; pude ver el cambio paulatino de la vegetación y la geografía: primero los enormes campos de labranza expropiados al desierto por los pioneros de mi tierra, luego extensas áreas donde dominan los ocotillos, las biznagas de barril, los chamizos y claro, la intratable gobernadora; al final aparecieron los mezquites dulces y otros arbustos mayores que indicaban la proximidad de la serranía.

   Luego de muchas horas de suave traqueteo, el tren por fin se detuvo en La Pila, que era la estación más próxima a El Leñoso. Ahí descargaron rápidamente algunos bultos y cajas flejadas que serían llevados enseguida a poblados cercanos por caminos de tierra. Al chofer del camioncito de reparto que me llevaría al pueblo sólo le entregaron unos sobres manila y una caja pequeña. Muy cortés, el hombre me ayudó a cargar mi única maleta y pronto estuvimos en marcha. Noventaycinco minutos nos llevaría el trayecto irregular y pedregoso de 12 kilómetros hasta El Leñoso, calculó el conductor con esa precisión  petulante que le daba recorrerlo dos o tres veces por semana. A lo lejos, de frente, pude ver la Sierra de la Virgen con sus picos escarpados y laderas muy verdes; ahí estaban sus minas de oro ya fatigadas a punta de marrazos, y ahí estaba también el Sendero de la Gruta, que de noche es gobernado por los más horripilantes seres jamas imaginados, dicen.

  En el recorrido, por momentos muy lento, puede notar a la derecha lo que parecía una vía de tren herrumbrosa, cubierta por arbustos y algo de tierra. Mi acompañante me comentó que era un ramal que la compañía de ferrocarril, contagiada por la fiebre del oro del siglo pasado, había empezado a construir para hacer más rápido el trasiego de la bonanza. Sin embargo la mina no dio para más, la vía quedó inconclusa y el tren nunca llegó hasta El Leñoso. Después ni siquiera fue apetecible para los ladrones, a lo mejor porque los rieles son muy pesados. Hasta ese momento la nuestra era una plática un tanto forzada, de cortesía, pues, pero cuando Elías Rentería -que así era el nombre del chofer- se enteró de la razón de mi visita, se puso más hablantín y me hizo una sorprendente relación de las leyendas que se contaban en el pueblo y aseguraba que la de Ricardo el descalzo no le pedía nada a otras, como la de la Guerra de de las Mojoneras, o la de Mister Andrux -supongo que quiso decir Mister Andrews-.

   La villa ya nos quedaba a tiro; era cuestión de nomás remontar la última loma y veríamos aparecer al Obelisco del Valor que marca el  inicio de la calzada principal -la única embaldosada-, me informó don Elías y sin que le preguntara nada se aprestó a relatarme la historia del monumento. Decía que ahí, exactamente donde se erigió el Obelisco del Valor, o Piedra de la Culpa -así me dijo-, murió el Capitán Horacio Adán Avellanas a manos del jefe indio Carazul. Claro que el gancho lanzado por el conductor del camioncito agarró pez, e intrigado le pedí que me contara más. Decía la historia que el Capitan Avellanas era el responsable de una guarnición militar en El Leñoso allá por la última década del siglo diecinueve, que protegía a sus habitantes del asedio de los indios liebros encabezados por Carazul. Era el cuento de nunca acabar con estos bandoleros, pues apenas se estaba reponiendo de un ataque, cuando ahí estaban otra vez, asolando al pueblo; hasta a las mujeres cargaban los salvajes. Y la llegada de los federales al mando de Avellanas fue lo único que los mantuvo a raya un buen rato.
 
   Meses después, en una incursión nocturna muy planeada por los salvajes, se desató una batalla tan sangrienta que a las pocas horas eran contados los soldados y los indios que seguían de pie. No se deban tregua alguna hasta que cerca del amanecer, exhaustos todos, acordaron dirimir la guerra con un duelo a muerte con cuchillos entre Avellanas y Carazul y el pacto fue que si ganaba el militar, los salteadores se irían para siempre; y si ganaba el jefe indio, podrían saquear el pueblo a sus anchas. Justamente donde está el Obelisco de granito negro se agarraron a cuchillazos los dos. En la cara, en los brazos, en el pecho; por todos lados se clavaban los sables hasta que se fueron doblando poco a poco. Ya tendidos en la tierra bien muertos sus jefes, los combatientes se limitaban a mirarse entre sí sin saber cómo proceder, hasta que el raso Meneses tuvo la ocurrencia genial de acercarse al capitán occiso, levantó un poco su cabeza toda lacia y le acercó su cantimplora a la boca, para que pareciera que tomaba agua. Enseguida se acercó al cadáver de Carazul y, con mucha solemnidad, lo levantó para llevarlo hasta donde estaban sus compinches. Al ver esto los fascinerosos a regañadientes honraron su palabra y tomaron las de villadiego. Por cierto que la cantimplora milagrosa de Meneses está exhibida en el Museo Testimonial de los Héroes de El Leñoso y también está su medalla del honor que le entregó la Mesa de Notables luego de la victoria; cuando murió, su esposa la donó al pueblo porque no sabía dónde poner algo tan valioso, dijo. El chofer se ofreció amablemente para servirme de guía cuando yo decidiera recorrer el sitio histórico.

   Francamente encantado con la narración, y con ganas de que el Sr. Rentería contara más, le pregunté por qué se refería al Obelisco como la Piedra de la Culpa y lo que me contó no era menos asombroso. Resulta que cuando se largaron los liebros, la tropa sobreviviente se fue, entre vítores y carcajadas, a celebrar la victoria en la taberna de El Leñoso. Era tal el júbilo de los federales que olvidaron recoger el cuerpo de Horacio Adán, su jefe. En medio de aquella juerga fenomenal nadie reparó en la omisión, sino hasta la mañana siguiente cuando el raso Meneses echó de menos su cantimplora y fue como se acordó del Capitán, Todavía medio borrachos algunos soldados regresaron por el cadáver, pero al parecer los perros del pueblo y los zopilotes fueron más rápidos, porque sólo encontraron huesos y el uniforme ensangrentados. De cualquier forma, aún con el cuerpo incompleto del valeroso capitán, el homenaje posterior que le rindieron resultó muy emotivo;  y de paso, en la misma ceremonia, honraron las acciones del tal Meneses. Cuando se retiraban del panteón, alguien preguntó al raso por qué había cargado a Carazul muerto hasta dónde estaban los indios, que qué caso traía y muy orondo contestó que lo hizo para que no se acercaran y se dieran cuenta del fraude.

   El viejo camión se detuvo frente a la plazuela de El Leñoso un poco antes del ocaso y Elías, antes de llevar a la oficina de correos los encargos, bajó mi maleta y me señaló la casa del Jerarca, que era donde me hospedaría porque el único hotel de la región hacía muchos años que estaba en ruinas, desde que su último dueño murió de viejo y los visitantes, muy esporádicos, invariablemente eran recibidos ahí. Me encaminé hasta la casona y con cierto desdén los sirvientes me dieron la bienvenida y me indicaron el camino de mi dormitorio; de paso me avisaron que el Jerarca me esperaría para cenar en un par de horas.

  Es una casa grande de construcción muy sencilla con un patio central jardinado, más bien chico, con bancas platicadoras y rodeado de un amplio pasillo de mosaicos marrón con techumbre de lámina y madera sostenida por arcos de adobón muy bien conservados, dos por lado. Macetas con helechos y malvones eran los únicos adornos y las habitaciones, que se comunicaban todas a través de puertas muy pesadas de madera de pino estaban muy bien encaladas y limpias, con sus rasos de viga muy altos. A mí me mandaron a la del fondo, contigua a otra que servía de almacén. Un ropero, una mesa con una jarra de agua del Río Roto y una cama era todo lo que había, y era justamente lo que necesitaba. Estaba muy agotado del viaje por el camino tan accidentado en algunos tramos y que, sin embargo, debió tener sus mejores días cuando la bonanza del oro atrajo a decenas de oportunistas gambucinos y mercaderes. Quería despatarrarme en la cama y dormir hasta el día siguiente, pero el hambre y el compromiso con el Jerarca para acompañarlo lo impidieron. Sólo pude recostarme unos minutos y mientras miraba el entramado de madera del cielo raso del cuarto, hice un recuento del primer día que, para el propósito de mi viaje, había sido muy satisfactorio. Optimista imaginé que lo que faltaba era aún mejor.

   De regreso en el zaguán de la entrada tras un breve descanso, Salmón Espirigota ya me esperaba para que cenar juntos y luego ir a la Plaza Grande, frente a la casona, para que al amparo de una hoguera descomunal escuchara las historias del pueblo y sus alrededores en voz de los más venerables vecinos de El Leñoso y que como siempre, eran certificadas como ciertas por el cura del pueblo, Don Mayelo, con un afectado movimiento afirmativo de cabeza.

  Fue una cena relajada y opípara: carne de conejo asada, muchas verduras cocidas, frijoles de olla condimentados y pan de cazador; de postre me sirvieron un dulce de guayabate acompañado de una sobremesa muy agradable con el cacique y su esposa Lucinda y que se pudo prolongar muchas horas de no ser por que la tradicional fogata había sido encendida afuera y la mayoría de los lugareños ya se acercaba. El señor Espirigota y su esposa me condujeron hasta la banca principal, donde el sacerdote Don Mayelo ya estaba bien acomodado; el cacique me lo presentó y sin pararse sólo extendió la mano con la palma hacia abajo; desconcertado por ese gesto miré hacia mis anfitriones y doña Lucinda hizo como si se besaba la mano y yo, sin mucha convicción, toque apenas con los labios la del cura. Ya todos sentados en sus lugares, uno de los ancianos venerables tomó la palabra y sin mayor preámbulo inició la narración de la historia de Ricardo Cuervos, el descalzo.

"Cuando llegaron a El Leñoso, Ricardo viejo y Antonia se fueron a vivir a la Calle de los Abodes, en una casa que les habían prestado la familia Armenta; la señora ya venía embarazada y muy pronto parió a su primer hijo, Ricardo, que así lo bautizaron en honor de su papá, Ricardo viejo, y el señor cura aquí presente no me dejará mentir. Al niño Ricardo nunca le gustó usar zapatos, ni huaraches, ni nada en los pies y cada que vez Antonia se los ponía, el mocoso se los quitaba y los aventaba a las gallinas del corral, o a los perros, por eso todos los animalitos de la familia le tenían mucho espanto. A la mamá le daba mucha vergüenza que su hijo siempre anduviera descalzo, más los domingos, cuando iban a oir la santa misa, pero con los años se le fue quitando la pena y también dejó de rogarle a Ricardito que por el amor de Dios se pusiera unos zapatos aunque fuera sólo para ir a la escuela y a la iglesia.

Image result for fotos de senderos nocturnos "Era muy vago de muchacho y así como nunca le gustaron los huaraches tampoco le gustó la escuela y prefiero trabajar con su papá, a veces en la mina, a veces en en el rastro. Eso sí, era muy trabajador y cuando ayudaba a Ricardo viejo a raspar oro, allá arriba en la Virgen, siempre regresaban con el doble de metal para venderlo en el molino. A veces se echaba dos vueltas a la mina, por eso creo que conocía tan bien al Sendero de la Gruta, que de día es muy tranquilo y hasta bonito, pero que de noche dicen que es muy peligroso y que los que se atreven a cruzarlo no se vuelven a ver nunca. porque dicen que se los lleva el malino.

"Los muchachos de su edad, que sí se ponían huaraches o botas o zapatos, se burlaban mucho del descalzo, pero pronto se aburrieron porque Ricardo no les hacía caso. Y cuando todos estos chavalos crecieron más, se empezaron a burlar otra vez de él, ahora porque no le gustaban las novias. Lo hacían cabecear mucho al pobre y poco a poco se fue alejando de los vecinos. Se iba solo a cazar conejos a la orilla del camino que viene de la estación y a veces hasta más lejos. Tenía muy buena puntería con las piedras y pronto se hizo muy buen cazador y a pesar de que no usaba huaraches era muy rápido corriendo entre las piedras y los charcos, persiguiendo a los animales asustados y heridos por los piedrazos, Y de tanto andar descalzo, a Ricardo se le endureció el pellejo de los pies que de plano ya no necesitó usar nada, ni siquiera botas para el frío.

continúa...

sábado, 2 de enero de 2016

La leyenda de Ricardo el descalzo

Xavier Q Farfán

Crónicas del Sendero de la Gruta. Primera parte

   El Sendero de la Gruta es uno de los paisajes más hermosos de la región, pero por las noches se convierte en un pasadizo aterrador colmado de fantasmas y criaturas infernales. Al menos eso aseguran los vecinos de El Leñoso, pueblito cercano a la montaña; dicen que muchas personas desparecieron cuando temerariamente se atrevían a cruzarlo en medio de la oscuridad, pero lo cierto es que jamás hubo algún reporte oficial y tampoco nadie se quejó nunca de que faltara alguien. Verdad o no, esta presunción popular que se fue tejiendo entre chismorreos y supuestos con el correr de los años, le dan ese tufo siniestro que atemoriza a tantos. Hubo, por supuesto, hombres muy valientes, o por lo menos curiosos, que intentaron desvelar su enigma. Ricardo Cuervos, el Descalzo, era uno de ellos y al final de su incursión de la que milagrosamente salió vivo, quedó como retrasado y sus hermanas menores Lila y Toña tenían que limpiarle las babas que le escurrían de la boca todo el tiempo.
   El inicio de la construcción del Sendero de la Gruta se perdió en la penumbra de un pasado sin registros y los habitantes más viejos de El Leñoso especulan que cuando sus antepasados llegaron a la región el camino ya estaba ahí, que lo habían hecho para bajar cargamentos enormes de oro desde las crestas de la sierra de la Virgen. Y para explicar los sucesos tan macabros que se presentan durante la noche, por supuesto que también hay sus versiones, todas muy descabelladas y todas tenidas por ciertas entre los habitantes del poblado, que, a pies juntillas, creen todo lo que escuchan. Todas las historias son verdaderas en El Leñoso y no se trata de una ingenuidad bobalicona, sino una convicción genuina tan cercana a la fe que no necesita explicación alguna. Aseguran, por ejemplo, que todos en el pueblo son familiares y que llegado el momento, o la necesidad, se casan entre ellos y que nunca, hasta la fecha, se ha presentado ningún caso de hijos fenómenos. El único raro, decían, era Ricardo el Descalzo, que por andar haciéndose el héroe en el Sendero de la Gruta algo lo asustó y quedó tonto.
   El Leñoso es un pequeño pueblo situado a menos de una legua de la Sierra de la Virgen, macizo de montañas muy altas y escarpadas generosamente poblado de pinos que se extiende paralelo al río Roto, donde se vierten sus deshielos al finalizar el invierno. Sus habitantes son pocos, unos ochenta, y como ya se sabe, todos son familiares. La mayoría vive de rebuscar y raspar restos del oro -que en su momento dio pujanza y renombre a la región- en las minas abandonadas, allá arriba en las cimas de la Virgen. Y aunque la naturaleza les regaló múltiples dones, los habitantes de El Leñoso son muy respetuosos de ellos; cortan los abetos sólo para cosas muy necesarias y nunca arrojan desechos de ninguna clase en el río, de manera que se puede beber agua en la orilla sin ningún temor. Allá las vida es más bien sosegada y en ocasiones precaria, sobro todo cuando el poco oro que le queda a la montaña se rehúsa a mostrarse y sus habitantes sobreviven invocando su pasado glorioso y mejorando, noche tras noche frente a la fogata comunal, los mitos y leyendas arrastrados desde siempre y tenidos por ciertos, como una suerte de historia local alterna no escrita ni enseñada en la única escuela del lugar. Embarradas a la realidad de tal modo que es difícil distinguirlas, las leyendas, pues, gobiernan la convivencia cotidiana de este pueblo escasamente poblado, en el que casi todos son primos y tíos, y que también, debo decirlo, son excelentes anfitriones.
   El rumor de las desapariciones nocturnas en el Sendero de la Gruta llegó hasta mi oficina como una historia verídica confirmada y mi deber era corroborarla para poder incluirla en Catálogo General de Leyendas Nacionales , así que empaqué y emprendí el viaje hasta El Leñoso.

çontinúa...

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Bolos, el planeta rebelde

Xavier Q Farfán

Capítulo 1. Bolos en El Laberinto de las Rocas Silenciosas. Parte sexta final.

   En esa parte del universo en que Bolos y Zungaar permanecían atrapados, el amanecer era una pasmosa exhibición de colores y luces. Hacia los lados del anillo de asteroides, el cielo se inundaba con una tonalidad amarilla muy viva salpicada de destellos lejanos anaranjados y púrpuras, producto de caprichosos incendios de material gaseoso. Al avanzar el día los efectos ópticos del alba, ya un poco diluídos en el azul total de la bóveda celeste se extinguían lentamente con una última exhibición de fuegos de artificio muy llamativa. Y esto era todos los días.
-Bien podría quedarme aquí una vida admirando este paisaje increíble- confesó Bolos a su amigo, mientras se alejaban del refugio dispuestos a ejecutar el inaudito plan de atrapar una Nano-esfera chispeante y no tardaron mucho en divisar una que se dirigía hacia el campo de las rocas grises. Muy agitado, el anaranjado le pidió a Zungaar que hiciera rápido los cálculos necesarios mientras él se ponía en el camino del pequeño meteoro iluminado.
-Lo estoy haciendo lo más veloz que puedo, Bolos-, replicó mientras deducía la posición e inclinación exactas requeridas para un impacto exitoso.
-¡Baja 3 múes y gira un grado frente a ti!- le urgió Zungaar. Bolos así lo hizo y la Nano-esfera rebotó a la derecha de su hemisferio sur. Con mucha expectación los exploradores siguieron la nueva dirección de la luz volante y a la distancia les pareció que iba directo hacia a la cueva, pero pegó a unos 5 múes de la entrada.
-Estuvimos muy cercas amigo, sigamos intentando-, exclamó Bolos muy emocionado. En espera de otra Nano-esfera, Zungaar hacía correcciones en sus cuentas para tener mejor puntería en el próximo intento. Cuando vieron aproximarse a la siguiente, Bolos se acomodó rápido en el trayecto y esperaba indicaciones del matemático, que llegaron pronto.
-¡Giro a la derecha de 5 grados... desplazamiento hacia atrás de 1 múe! (el múe era una medida de longitud inventada por el par trotamundos para hacer más certeros los ensayos).
-¡Bingo!-, gritó Bolos desde donde estaba cuando vio entrar a la bola de luz y presuroso, sin esperar a Zungaar, voló hasta el refugio y fue entonces que pudo ver los jeroglíficos dejados por Druma en el techo. Por su parte la Nano-esfera seguía en su loca carrera dentro de la cueva dando rebotes y rebotes hasta que llegó Zungaar y se quedó en la entrada, tapándola, para evitar que luego de un choque adecuado pudiera ir en dirección a la salida.
   Luego de un buen rato, los planetas intercambiaron posiciones para que ahora Zungaar pudiera estudiar las inscripciones y continuaron así hasta que ambos estuvieron de acuerdo en la interpretación del mensaje cifrado de Druma, el explorador perdido. Cuando dejaron libre la entrada de la caverna, la Nano-esfera no tardó mucho en dar el rebote de salida.
-Muy bien, mi querido Bolos-, dijo el planeta sabio a Bolos, -parece que ahora sí tenemos la clave de escape del laberinto. Lo que decía Druma de la "triada" espejo-cometa-puerta cobra sentido con la lectura de las inscripciones- explicaba Zungaar muy entusiasmado.

   En resumen, los pictogramas indicaban que durante el paso del segundo cometa, Milo, su fuerza gravitacional neutralizaba a la centrípeta del anillo y los asteroides quedaban libres de cualquier atracción, pero que no se movían de su posición habitual en virtud de la inercia. En se lapso de tiempo -el paso del cometa por la zona- Druma desplazó fácilmente aquella roca gris en forma de cacahuate parado con un orificio gigante en su parte inferior, hasta el centro de las rocas blancas, las de mármol. Ahí, gracias a los extraños efectos holográficos, el hueco de la piedra se iluminaba con una flourescencia inexplicable, y proyectaba una imagen de espejo a un meteoro adyacente. Por ahí, a través de la puerta virtual esbozada en la roca, salió Druma de su cautiverio, concluyeron los amigos planetas.
-Más claro que el agua no se puede, Bolos-, afirmaba Zungaar con mucha petulancia. -Ahora sólo falta la prueba final, la del ácido, cuando tú intentes salir por ahí- y su semblante se puso serio de pronto por el temor a que el muchacho quedara atrapado en la Zona Plana luego de trasponer la puerta.

   La fiesta por el éxito del experimento muy pronto se disolvió en el lago de la incertidumbre que era copiosamente abastecido por dos o tres ríos. Por un lado estaba la preocupación genuina de Zungaar por la suerte de su amigo luego de cruzar la puerta virtual, pues había escuchado en la Zona Plana no lo pasa uno muy bien; y por el otro, la de Bolos, que sentía mucho temor de separarse de su amigo tan apreciado, además de un entendible desasosiego por lo que vendría al salir del Laberinto de las Rocas Silenciosas. Pero no quedaba mucho tiempo para las vacilaciones, pues el paso de los cometas era inminente y los amigos planetas, ahora mucho más amigos, tuvieron que posponer sus inquietudes,

-Es menester hacer un simulacro para estar seguros que no faltará nada a la hora decisiva- planteó Zungaar, que era un tipo muy previsor y juicioso. -Pensemos la estrategia para aprovechar muy bien el paso de Milo que es de apenas unos minutos- propuso. Y así lo hicieron durante el rato que les quedaba de luz natural. El cometa, según las estimaciones del planeta sapiente, pasaría por el anillo de asteroides a la mitad del día siguiente por lo que no había mucho tiempo que perder.

   Esa noche, por más esfuerzos que hacían, ninguno de los astros vagabundos pudo dormir bien; sin embargo a la mañana siguiente, muy temprano, realizaron un falso de todas las maniobras que más tarde replicarían a la hora buena, cuando el cometa Milo surcara el cielo del Laberinto. Finalmente, al cabo de unas horas el primer cometa, Arthuro, hizo acto de presencia en el firmamento ofreciendo a su paso una fastuosa ostentación de efectos lumínicos que dejó anonadados a los astros; su cauda era enorme y parecía de plata brillantísima. Minutos más tarde apareció Milo, cuyo tamaño y esplendor era menores que Arthuro, pero no impedía que su espectáculo fuera también maravilloso.

-Rápido Bolos, a tu posición- urgió Zungaar, mientras se desplazaba hacia el cacahuate gigante a esperar que quedara libre de cualquier fuerza y poder empujarlo hasta la zona de las rocas blancas, donde Bolos esperaría para entre ambos colocarlo en el centro, donde se proyectaba la imagen de la roca blanca ficticia. Por su parte el cometa avanzaba lentamente y cuando estuvo sobre el anillo los asteroides quedaron libres de cualquier fuerza,  sin embargo seguían su marcha, impertérritos, por la acción de la inercia. Zungaar empujó ligeramente al cacahuate sin peso y lo llevó hasta el sitio indicado donde esperaba Bolos y por fin pudieron colocarlo en medio de los meteoros blancos. Cuando quedó perfectamente posicionado, el efecto espejo esperado se presentó de inmediato y el cacahuate gigante se iluminó repentinamente con flourescencias enceguecedoras, proyectando a través de su agujero un círculo perfecto en la roca blanca contigua.
-¡Esa es la salida, Bolos¡ -exclamó Zungaar -¡Date prisa por que queda poco tiempo del paso del cometa!- apuraba. Y Bolos, muy temeroso no se atrevía a cruzar ese agujero que parecía una pared de gas muy denso e intensamente azul.
-¡Vamos, muchacho, que una nubecita de gas no te detenga¡ ¡Tus sueños te esperan!- lo animaba.

   Bolos ya no escucho la última frase porque apenas toco la puerta de gas azul desapareció por completo del Laberinto de las Rocas Silenciosas.






martes, 29 de diciembre de 2015

Bolos, el planeta rebelde

Xavier Q Farfán

Capítulo 1. Bolos en el Laberinto de las Rocas Silenciosas. Quinta parte.

   Atrapar una Nano-esfera chispeante no era un asunto menor y se hacía pertinente un plan muy elaborado. Bolos y Zungaar lo sabían y optaron por encerrarse en la caverna el resto del día para trabajar en eso. Después de las más sesudas deliberaciones de ambos, antes de anochecer ya contaban con un proyecto general de cómo hacer entrar en la cueva a la minicentella para que la iluminara y poder, por fin, estudiar los pictogramas dejados por Druma en el raso. Antes, por supuesto, habían pensado en otras alternativas para alumbrar el refugio pero todas eran inviables y concluyeron que la Nano-esfera era, pues, la menos complicada.
-Las Nano-esferas son cuerpos celestes expelidos por alguna estrella súper-cargada lejana- explicó Zungaar y Bolos, que ya se había acostumbrado a sus rollos científicos, lo escuchaba calladamente -y vagan fortuitamente por el espacio chocando, más bien rebotando, contra cualquier objeto que esté en su trayectoria. Su velocidad es constante y al parecer no decrece con el tiempo ni con los constantes impactos- alargaba Zungaar su ponencia. -La luminosidad permanente, supongo que es resultado de una intensa actividad eléctrica-molecular en su núcleo- aventuró el sabio.
-¿Y cómo vamos a lograr que una partícula de éstas entre en la caverna?- planteó Bolos.
-No disponemos de nada excepto de nuestros cuerpos-, repuso Zungaar y a grandes rasgos propuso una idea que parecía, de inicio, descabellada.
   La propuesta consistía determinar la dirección exacta de una de las pequeñas bolas de luz y luego cruzarse en su trayectoria con la posición e inclinación precisas para que el ángulo de rebote fuera tal que su nueva dirección sea hacia la entrada de la cueva. Parecía algo loco atravesarse en el camino de las esferitas pero no había otra solución mejor.
   Cuando ultimaron los detalles de su plan genial, al que Bolos denominó - con algo de sarcasmo- el pin-ball del espacio, los dos astros tuvieron una conversación muy amistosa que se prolongó hasta muy tarde en la que Zungaar contó algo de su historia personal; también recordó a su sistema solar nativo y sus antiguos vecinos planetas. Tras escuchar el relato Bolos se sintió aún más identificado con su amigo pues sus historias eran algo similares.
   El sistema planetario del que procedía Zungaar era Vel, ubicado en una remota zona sideral conocida como Espiro y, caso muy peculiar, contaba con dos soles a los que circundaban alternadamente tres planetas describiendo una órbita en forma de "8".  Era un espectáculo sobrecogedor ver la sincronicidad con la que funcionaba: sus estrellas centrales, merced a la fuerza electromagnética intermedia, se hacían aproximaciones regulares entre sí para luego alejarse, mientras que los planetas Ectó, Vari y Lomno los circunvalaban dócilmente en una sola órbita. Zungaar, cuando estaba ahì, era el cuarto en la fila que nunca se detenía.
   Sin embargo, todo este mecanismo celeste perfecto se veía constantemente amenazado por la disputa entre sus soles, que reclamaban para sí el mando del sistema. Era el cuento de nunca acabar, según Zungaar, pues ambos astros son del mismo tamaño y de la misma fuerza, y evidentemente nunca habría un ganador de la controversia. Lo más saludable para todos, sería que cualquiera de los dos cediera un ápice y así no habría perdedores, pero el sentido común no era una cualidad de ninguno. O asumir un liderazgo compartido pudo ser una salida decorosa, no obstante pesaron más el orgullo y la necedad; supongo que siguen igual, haciéndose la vida de cuadritos, reflexionaba el astro oriundo de Vel.
-Era imposible vivir tranquilo allá; entre gritos, ultimátums y aspavientos no se puede estar; por eso decidí largarme- decía Zungaar.
-¿Y los demás planetas?- interrogó Bolos.
-Ah, los sordos, esos parecían troncos rodantes, ni se inmutaban siquiera ante la escandalera diaria de los peleoneros; o a lo mejor eran muy sensatos como para mezclarse en la pelea y sólo nadaban, es decir, flotaban de muertito- contestó Zungaar y luego recordó que los tres eran del mismo tamaño y de un color amarilloso pálido con la superficie muy arenosa y plana. -Igualitos a mì- refirió sonrojándose ligeramente.
   Enseguida Zungaar platicó que cuando les avisó que se iba, los soles se enfrascaron en una explosiva discusión para determinar cuál de ellos le debería dar el permiso de salir. -Mientras terminaban de discutir yo me fui-remató.
  Al igual que Bolos, Zungaar inició su carrera de trotamundos con muchas inseguridades y, en momentos de flaqueza, cuando sentía que la inmensidad sideral se lo iba a tragar, o cuando la soledad arreciaba, creía mejor volver a su sitio libre de riesgos y calamidades;  sin embargo pudo más el espíritu aventurero y nunca regresó. Y también, como el anaranjado fue protagonista de las más increíbles hazañas siderales antes de caer atrapado en el Laberinto de las Rocas Silenciosas..

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sábado, 26 de diciembre de 2015

Bolos, el planeta rebelde

Xavier Q Farfán

Capitulo 1. Bolos en El Laberinto de las Rocas Silenciosas. Cuarta parte

   El silencio y la penumbra reinantes en la cueva eran ideales para el recogimiento nocturno. Ahí estaban los dos planetas: Bolos y Zungaar, que por azares de la vida se conocieron en medio de una emergencia cósmica y ahora eran amigos entrañables; ambos eran trotamundos venidos de sistemas solares muy diferentes y lejanos entre sí, pero, cosas del destino, ahora estaban sitiados en el Anillo de Asteroides y juntos buscaban la manera de salir de ahí. Bueno, en realidad el de la urgencia era Bolos porque Zungaar siempre dijo que que ésa era su casa y al parecer estaba muy a gusto; sin embargo el anaranjado ya tenía planeado llevarlo con él cuando por fin encontraran la puerta de escape, y según él se las arreglaría para convencerlo.
   En medio de esta tranquilidad que sólo era interrumpida ocasionalmente por la resonancia moribunda de alguna explosión estelar lejana o por la súbita iluminación del recoveco por el paso de una estrella errante, los dos amigos descansaban plácidamente en espera de otra jornada colmada de trabajo y, por qué no, sorpresas. Pero al parecer Bolos no estaba teniendo una noche muy tranquila, de mucho reposo, digamos.
-¡Parecía una tremenda pesadilla, Zungaar, te lo prometo!- exclamó Bolos a la primera luz de la mañana siguiente. -De entrada pensé que se trataba un mal sueño, que había dormido en una postura incómoda, pero cuando desperté seguí sintiendo muy caliente y dolorido mi polo norte- continuó quejándose, y se inclinó un poco para que su compañero viera.
-Cuando más a gusto estaba empecé a sentir algo muy extraño acá arriba; primero mucha comezón y luego como un cosquilleo muy intenso, por dentro de mi corteza- explicaba un tanto alarmado Bolos. -Al final escuché un tronido muy leve y de inmediato la parte de arriba se me puso muy caliente y sudorosa. 
   Apenas lo revisó, Zungaar supo qué había sucedido; -resulta, muchacho, que el volcán que tienes en la parte de arriba ha erupcionado esta noche. Nada de qué alarmarse por...-
-¿Nada de qué alarmarse?- interrumpió atropelladamente el diagnóstico, -¿Nada de qué alarmarse? Por todos los cielos, Zungaar, tengo un volcán estallando en mi polo norte ¿y me dices que no me alarmé?-continuaba la queja de Bolos y su amigo, impasible esperaba a que le pasara el susto. Con mucha paciencia Zungaar le explicó al quejumbroso que la mayoría de los planetas tiene volcanes, unos chicos otros grandes, y que cualquier día, sin avisar: ¡Pum!, les explotan. -Nada del otro mundo, Bolos-, intentaba tranquilizarlo. Así estuvieron buena parte de la mañana: uno lloriqueando asustado y otro que tratando de explicar lo sucedido, hasta se daba un tiempo para la broma.
-Deberías estar contento, mi querido Bolos, pues, aunque de mala manera, te has enterado que no eres una naranja flotante; que lo que tenías en el polo no era un rabillo, sino una montaña a punto de estallar- se burlaba Zungaar, divertido.
   Pasado el trance, con su chichón superior ahora un poco más grande y resignado ya a cargar por siempre con ese volcán tornadizo sobre sí, pero aún dolorido y desconcertado, Bolos decidió quedarse en casa ese día y posponer para el siguiente las exploraciones en el laberinto. Además quería cerciorarse de algo que vio durante la madrugada en el cielo raso de la cueva gracias a la luz producida por la erupción, y que lo mantuvo intrigado todo ese rato y no dijo nada a Zungaar para evitar más burlas. Antes de comentarle nada quería estar seguro que las inscripciones que observó no eran producto de un sueño o una alucinación por la fiebre que le provocó la explosión de su volcán. Sin embargo la oscuridad total de la cueva impidió que Bolos pudiera ver algo. 
-Ni hablar, voy a tener que preguntar al burlón-, se dijo Bolos, -y espero que no me tome por loco.
-Zungaar, anoche, cuando el volcán estaba en plena actividad- se atrevió a comentarlo por fin con su amigo, -iluminó el techo del refugió y pude ver algunas inscripciones extrañas. ¿Sabes tú algo al respecto?- le preguntó
-Nop -respondió Zungaar, -pero lo que sí recuerdo es que Druma, el explorador perdido, pasaba muchos ratos en esa parte de la cueva y nunca me dijo qué era lo que hacía ahí. Y además-, continuó, -yo nunca sentí curiosidad por saberlo.
-Lo cierto es que sin una luz externa no podremos ver nada-, concluyó Bolos, -a menos que la bengala que tengo enterrada en mi polo norte se encienda de nuevo, pero supongo que no será pronto.
-Una solución posible es traer hasta acá una nano-esfera chispeante-, sugirió Zungaar, -al fin que abundan en el anillo de asteroides, pero son muy inestables y escurridizas, por lo que no será sencillo hacerlo-, explicó. A continuación dio una cátedra no solicitada sobre estos diminutos cuerpos celestes que Bolos no entendió del todo, pero eso sí, que escuchó atenta y cortésmente. El resto del día lo pasaron trazando el plan para llevar a una nano-esfera a la cueva y poder ver los extraños signos inscritos en su techo, y saber si eran pistas útiles para encontrar la elusiva puerta de salida del Laberinto de las Rocas Silenciosas.

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jueves, 24 de diciembre de 2015

Bolos, el planeta rebelde

Xavier Q Farfán

Capítulo 1. Bolos en El Laberinto de las Rocas Silenciosas. Tercera parte.

   De nuevo en el refugio, Bolos y Zungaar se dispusieron a repasar lo acontecido durante el día, que ciertamente había sido agotador, pero de mucho avance en la tarea de resolver el misterio de cómo salir del laberinto. De inicio Zungaar hizo un recuento de todo lo que recordaba acerca de las investigaciones de Druma, el osado astro aventurero que al parecer sí pudo escapar, quien mencionaba una "triada" como factor clave: cometa, espejo y puerta. Con estos datos, trató de establecer una conexión con lo que habían descubierto en la jornada. 
-Tenemos el primer signo, que es un cometa- comentó Zungaar, y por esta parte del espacio normalmente cruzan dos cada cierto tiempo, Arthuro y Milo. Ambos son, al parecer, cometas ordinarios, muy parecidos y cualquiera de ellos pudiera ser la clave- continuó diciendo, algo confundido. -Habrá que buscar, cuando pasen, algo singular en ellos que podamos asociar con el espejo y la puerta..
- ¿Y cada cuánto es que pasan?- interrogó Bolos, que escuchaba atentamente.
- Déjame ver, déjame ver- repuso Zungaar mirando hacia arriba, como hace cada que intenta recordar algo. -Debe ser en un par de días si mis cálculos no fallan.
-Perfecto- añadió Bolos-, entonces tenemos que aprovechar muy bien este tiempo e investigar más allá afuera, en el campo de rocas, en busca de nuevos datos. Y tú Zungaar, podrías exigirle más a tu memoria eidética y recordar más información valiosa- lo animó con una sonrisa picarona. Un buen rato continuaron elaborando las más diversas hipótesis con lo que tenían disponible y trazaron el plan de acción para el siguiente día.

   El tránsfuga anaranjado se sintió optimista de los avances logrados hasta el momento y estaba convencido que, con el esfuerzo de ambos, resolverían por fin el enigma del laberinto. Ahora que conocía la diferencia entre urgencia e importancia, las cosas parecían ir mejor; lo iban a lograr, por supuesto, pero ya no establecía plazos fatales que sólo lo conducían a una búsqueda frenética y desordenada sin resultados. Miró a su amigo que descansaba serenamente en un rincón de la cueva y sintió mucha gratitud hacia él: -Qué afortunado soy de conocerlo-, dijo para sí y flotó hacia la entrada de la guarida para contemplar por unos momentos la pirotecnia nocturna del espacio cercano. Era un espectáculo portentoso ver el cielo empedrado de astros fulgurantes y multicolores, cometas presuntuosos muy lejanos, que aún así dejaban ver sus estelas brillantísimas; estrellas supernovas cuyas explosiones esporádicas iluminaban la bóveda celeste con colores muy intensos e inesperados. Todo era desmesurado y hermoso. Embelesado por el alarde celeste, Bolos recordó a su sistema solar nativo e intentó ubicarlo en la vastedad sideral y por supuesto que no lo logró, pero se hizo el compromiso personal de que algún vez regresaría para visitar a sus amigos planetas.

   Por su parte, ahora que se menciona, en el sistema solar de Helio las cosas iban de maravilla. Todos sus astros giraban en torno al sol con una disciplina marcial -impensada para Bolos-; sus órbitas habían sido perfectamente establecidas, sus velocidades sincronizadas, sus campos electromagnéticos calibrados, su fuerzas gravitacionales balanceadas; en fin, todo lo necesario para funcionar como un enorme reloj perfecto. No obstante esta precisión logística, el Sistema Solar ya había presentado un segundo desaguisado entre sus elementos -el de Bolos, como se recordará, fue el primero, cuando decidió marcharse-. Resulta que el Sol en un desplante rigorista y autoritario, decretó que Plutón, el planeta más alejado de él, no era planeta y que por tanto no pertenecía más a su sistema. De entrada el decreto fue observado a regañadientes por todos, pero Plutón, ahora planeta enano, seguía ahí, muy orondo en la última órbita rodeando puntualmente al sol. No tenía ninguna intención de irse, y aunque lo hubiese querido, no podía pues su membresía era permanente y obligatoria.
   El argumento presentado por sus compañeros de que para ser planeta sólo se requería orbitar a una estrella, en este caso al petulante Helio, fue suficiente para que Plutón fuera incluido de nuevo en la nómina. Además le hicieron ver al sol que los planes originales del Arquitecto no podían modificarse, y de paso, le recordaron que ellos lo habían elegido líder alguna vez, y que fácilmente podrían cambiar de opinión. Con este estatequieto el sol abandonó un poco su postura de patrón intransigente.
-¡Y si lo recuerdas, Helio, tu fuerza de gravedad es la que mantiene a Plutón unido al sistema! Luego entonces cómo quieres que se vaya: ¿O prefieres perder tu poder de atracción sólo para el enano se largue?- le espetó el grandulón Saturno desde su lugar, mientras sus anillos gaseosos se estremecían por el estruendo de su grito.
   Llamado a ser su sucesor en caso de un imponderable, Saturno, inconfundible por los aros planos multicolores que lo circundaban en su parte media, continuó con su discurso-regaño para Helio:
-No pierdas de vista que la órbita de Plutón, fuertemente imantada, nos sirve de caso protector contra eventuales colisiones que pudieran ser catastróficas, e incluso contra meteoros intrusos malintencionados. ¿Te das cuenta?- finalizó con poco exaltado.
   Superado el connato, todo volvió a la normalidad cotidiana; la rotación y traslación de todos se reanudaron y el desplazamiento colectivo también, hacia quién sabe dónde.
   De vuelta en el Anillo de Asteroides, en la guarida de Zungaar Bolos se dispuso a descansar luego de presenciar en primera fila el más fastuoso show cósmico jamás imaginado y prometerse a sí mismo volver algún día al vecindario de Helio y los otros planetas.