Crónicas del Sendero de la Gruta. Tercera Parte
El anciano venerable nos tenía embobados con su narración, incluso a los niños que, sentados en el zacate con los ojos muy abiertos, no perdían detalle. Ocasionalmente gesticulaba para enfatizar algunas partes del relato, pero normalmente estaba quieto; su voz, bien impostada a fuerza de tanto contar historias, no requería mayores artilugios para tener absortos a los oyentes. A pesar de que los nativos de El Leñoso conocían al dedillo los cuentos, todas las noches de lumbrada entraban en un estado de fascinación al escucharlas nuevamente.
Cuando el anciano hacía alguna pausa dramática, aprovechaba para dar unos sorbos a su cajazo de huamilón, -aguardiente local muy suavecito, al principio- y lo mismo hacían los hombres adultos que lo escuchaban, y las mujeres y los niños, por su parte, bebían atoles calentados en braceritos de lámina; se podría decir que durante un par de horas el anciano hipnotizaba a medio pueblo.Y había, por supuesto, los que preferían no asistir porque no les agradaban los cuentos y otros tantos que eran muy miedosos, pues las leyendas, todas, hablaban de aparecidos y cosas de ésas.
"Así, entre que la mamá le enseñaba las letras y el papá lo traía trabajando, el descalzo se daba sus escapadas al monte para cazar conejos y codornices. Además de ser muy certero con las piedras tenía algo que es muy importante de los cazadores: el chavalo sabía esperar. Pasaba largos ratos agazapado entre los arbustos esperando que los animales se confiaran y ¡pas!, les daba el pedradón. Y como le ayudaba a Ricardo viejo, su señor padre, en el rastro del pueblo, también agarró mucha destreza con el cuchillo; ahí mismo donde mataba los conejos los desollaba y les quitaba la piel casi casi con un solo corte. No había día que regresara a su cada sin presa: liebres orejeras, conejos, lagartijas, codornices; alguna ocasión llegó con una víbora de cascabel a medio matar colgada del pescuezo y se armó tremendo sanquintín: Doña Antonia, que siempre estaba de buenas, sufrió un ataque de histeria que sólo le pudieron calmar con muchos tecitos de ruda. Después, le suplicaba a Ricardito que por favor no anduviera jugando con serpientes, que qué pensaba. Para Ricardo, ya un mocetón de 15 años, no era un juego: la cacería de había convertido en una pasión y más adelante en su forma de vida.
"En sus correrías diarias llegó a conocer todos los vericuetos de la Sierra de la Virgen, recorrió el Río Roto leguas abajo hasta el maendro que rodea a la cordillera y por supuesto conocía. como la palma de su mano, el Sendero de la Gruta, que más bien parece un paseo de lo bonito que es durante el día. También sabía dónde están los tiros, los pozos y la entradas de la mina, desperdigados aquí y allá a lo largo de las crestas de la montaña. Tanto así que muchos fuereños y hasta algunos de aquí, le preguntaban dónde estaba tal cueva o tal peña. Y no sólo les informaba, sino que se acomedía a llevarlos. En fin que era muy buen muchacho ese descalzo, y todos en el pueblo, incluso los que se burlaban de él, lo empezaron a apreciar mucho, más cuando regalaba a las señoras los conejos sin piel o codornices para que les prepararan calditos a los niños, quesque son muy buenos para el desarrollo, les decía.
"En la casa, ya conforme con la resolución de su hijo, Antonia se quedó rezando el rosario al lado de su marido y de Lila y Toña, sus hijas menores gemelas, conocidas en el pueblo como las cuatas Cuervos. Niñas bien portadas en la escuela y en el catecismo de los domingos, sirvieron de mucho consuelo a los atribulados padres, que presentían que lo de Ricardo no era de un fin de semana, sino de más tiempo. Y tenían razón, pues la vuelta duró 10 días.
continúa...
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