domingo, 17 de enero de 2016

La Leyenda de Ricardo el descalzo


Xavier Q Farfán

Crónicas del Sendero de la Gruta. Cuarta parte.


   Un repentino ataque de asma hizo que el anciano detuviera su relato. De inicio nadie notó nada, y muchos creímos que las silivancias que emitía el viejo eran parte del cuento, hasta que su dificultad para respirar fue tal que daba violentos manotazos solicitando socorro. De urgencia fueron a buscar al encargado del dispensario médico a quien llamaban "el doctor"; llegó pronto y rápidamente sofocó la crisis del asmático y luego lo acompañó a hasta su casa. Cuando se iban el anciano venerable aún pudo hacer unas señas a la concurrencia indicando que volvería más tarde, cosa que naturalmente no sucedió.

   Ante esta pausa inesperada, el Jerarca y su señora esposa me invitaron a dar una vuelta por ahí, para que conociera el pueblo y también convidaron al señor cura Don Mayelo, que cortésmente declinó y dijo que mejor se iba a la Adoración Perpetua del Santísimo, pues en las noches de fogata a veces dejaban solo a Nuestro Señor. Dios los lleve, nos dijo, y se marchó a toda prisa. Mientras tanto la plaza poco a poco se fue quedando desierta, salvo por los encargados de apagar la lumbre y recoger todo y los perros del pueblo que husmeaban entre las bancas vacías.

   Caminando por la calle principal de El Leñoso, que sus habitantes llaman la alameda -a pesar de que no hay álamos por ahí-, Don Salmón me daba los pormenores del lugar. Su charla, como pude descubrir durante la cena, es cautivadora; tiene un modo de decir las cosas que parece que se sorprende a sí mismo de lo que platica. Y su mujer, más discreta, avanzaba apenas un paso atrás asintiendo a todo lo que decía el marido y haciendo algún comentario aislado. Brevemente me contaron la historia local, desde la fundación de la Mina de la Virgen, que como es sabido trajo esplendor y fama a El Leñoso, hasta la postración generalizada luego del agotamiento de las vetas de oro, que según el Sr. Espirigota, eran tan grandes y estaban tan a flor de piedra, que se podía tropezar con ellas y hacerse rico en un santiamén. Justamente así le sucedió a sus antepasados, que amasaron una pingüe fortuna y que gracias a la prudencia y a la moderación, aún conserva. Sin embargo, Don Salmón no parece un varón acaudalado pues su forma de vestir y conducirse son más bien modestos.

  Nos detuvimos a medio camino de la alameda para regresar, pues según el Jerarca ya no había mucho qué ver; sólo nos faltó la Piedra de la Culpa, comentó al tiempo que señalaba al obelisco que ya se dejaba ver a lo lejos, y cuya historia ya conocía por boca de Don Elías, el chofer del camioncito. Cuando Espirigota intentó repetirla lo atajé elegantemente y le pedí que mejor me platicara un poco sobre las otras leyendas, como la de Mister Andrux o como la de la guerra de las mojoneras. Soltó una risa muy divertida para luego decir que qué barbaro, que ese Elías siempre le ganaba el mandado. Después se puso muy serio y me tomó del brazo para emprender el camino de regreso; me quedé un poco desconcertado con este cambio tan áspero de Don Salmón. Luego de unos momentos de silencio, en voz un poco más baja me dijo, o me aclaró, que en el El Leñoso todos se tomaban el asunto de las leyendas con mucha seriedad y que no se trataba de incultura o superchería. Se trata de un  asunto de identidad, dijo, del sentido de pertenencia de un pueblo. No supe cómo recomenzar la charla y ante mi contrariedad me invitó a tomar unos tragos en su despacho después de la caminata, y que allá me explicaría más. Reanudamos la marcha hacia la casona de gobierno, frente a la Plaza Principal, que como en todos los pueblos y ciudades pequeñas, está rodeada de los edificios principales y sin faltar, claro, la iglesia de San Lorenzo, protector de los mineros.

   La verdad yo imaginaba otra cosa. El despacho de Salmón Espirigota no era un despacho de un presidente municipal, con su escritorio y su poltrona de piel y su línea telefónica y el retrato del presidente. No, así no era el despacho. Era una admirable biblioteca de, según yo, unos 4 mil títulos. Un par de sillones grandes muy cómodos y una mesita de centro, además de una pequeña cantina al fondo eran los únicos muebles de la sala y los únicos necesarios, por cierto. Embobado todavía en esos libreros tan altos y tan retacados de obras maestras, mi anfitrión se acercó con una copa de cajazo de huamilón y me invitó a sentarnos. Maliciosamente me miró directo a los ojos y me preguntó si yo esperaba encontrarme con una oficina como la suya. Sin entender la entrelínea de su pregunta le contesté secamente que no, que yo esperaba ver un despacho ordinario y enseguida me dijo que no le sorprendía mi respuesta, que casi todos los que la conocen contestan parecido.

   Ya cómodamente sentados, cada quien en diferente sillón, frente a frente, el Jerarca Salmón Espirigota empezó a hablar largo y tendido: los juicios anticipados, juicios a priori, solapadamente gobiernan nuestros pensamientos; esas ideas preconcebidas acerca de lo que vemos y también de lo que no vemos, siempre están interfiriendo en nuestras opiniones ¿no es cierto?. Pues bien, cuando leí su primera carta solicitando nuestra apoyo y hospitalidad para hacer su trabajo investigativo sobre las leyendas de El Leñoso, malamente asumí que se trataba de sólo curiosidad, y hasta morbo, porque normalmente de eso se tratan las ocasionales visitas que tenemos por acá. Su segunda carta me aclaró algunas cosas y me convenció de su seriedad profesional. Por eso accedí a hospedarlo en mi casa el tiempo que usted crea necesario, aunque debo comentarle que figurar en el Catalogo General de Leyendas Nacionales no es relevante para nosotros; obviamente que nos brindaría ese orgullo regionalista que todo pueblo debe sentir, pero nada más. Nuestras leyendas, si me permite la expresión, son para consumo local, sin embargo no nos oponemos a que otros las conozcan ¿me explico? Y en lo que respecta a los beneficios colaterales que ofrece tal publicación, como la promoción turística y esas cosas, créame que no los necesitamos. No es arrogancia, como usted podrá comprobar más adelante.

   Apenas conoce un poco nuestro pueblo y seguramente por lo que ha visto infiere que no somos ricos, que no tenemos las grandes fincas ni los grandes negocios. Pero si observó bien, quizá se dio cuenta que tampoco somos pobres. No señor, en El Leñoso no hay gente pobre. Sin falsa modestia yo soy el único rico de este pueblo. No se trata de un una condición de conformismo o estancamiento, pues si nos lo proponemos podemos cambiar las cosas y hacer que la gente tenga más pero, créame, así estamos muy a gusto. Nuestra vida no es opulenta pero vivimos bien y nos preocupamos más por algunas cosas que en cualquier otro sitio serían motivo de risa y de sospechas. Aquí nos gusta sembrar y cosechar, nos gusta leer, nos gusta admirar el cielo por las noches, nos gusta contar historias al calor de la lumbrada, nos gusta raspar el oro que queda en la montaña, nos gusta pasear por el río, nos gusta preocuparnos por el vecino; todo eso nos gusta mucho. Ya probamos la riqueza, a dentelladas, y sabemos de qué se trata tener casas lujosas con muchos criados y caballos pura sangre en los corrales, sentimos en nuestras pieles las sedas más finas del mundo y probamos los más exóticos platillos; también nuestros hijos asistieron a los colegios más rancios. Pero ¿sabe qué?, no nos gustó. En contraparte, nuestros antepasados sintieron en carne viva las quemaduras de la pobreza y tuvieron que luchar para vencerla; fue un combate desigual ante la montaña, ante una tierra empecinada en no dar fruto, ante el frío inclemente, ante los hordas de salvajes sanguinarios.

   Poco a poco iba entendiendo el sentido de la charla de Don Salmón, que según yo trataba de justificar un poco esa particular visión del mundo que prevalecía en los habitantes del poblado, y de su gusto por las cosas simples, como las leyendas increíbles que ahí se contaban, que era el resultado feliz de vivir dos vidas: primero una de muchas penurias y enseguida otra de abundancia grosera. Y al tiempo que hacía estas consideraciones también me quedó claro que mi encargo en el El Leñoso se iba saliendo de curso y que de seguir así, tarde o temprano naufragaría. Mi tarea es documentar las leyendas, entrevistar, si los había, a lugareños involucrados, visitar los sitios mencionados, etc. y al final llevarme toda la información a la Capital para que los que saben escribir hagan una buena historia, digna de estar en el Catalogo General de las Leyendas Nacionales. Nada más.

   El brindis de Don Salmón me sacó de mis pensamientos. Había servido una segunda copa de cajazo de huamilón y enseguida me dijo que no era su intención aburrirme con su perorata pero que veía preciso que yo supiera todo eso y que lo tuviera en cuenta a la hora de hacer mi trabajo. Brindamos y al cabo de un momento de silencio, mientras levantaba su copa para verla de cerca, exclamó que qué deliciosa es esta bebida, lo mejor que tenemos por aquí. Como nuestro oro y como nuestras leyendas, también es motivo de orgullo local. ¿Sabía que el huamilón es un agave silvestre que únicamente se da por estas tierras? Los fundadores de nuestro pueblo lo empezaron a elaborar rudimentariamente, a lo mejor para paliar las tarascadas del hambre o del frío, y cuando el furor de la minería estaba al máximo, a muchos visitantes les gustó tanto que pedían la receta y algunos llegaron a llevarse cactus robados para intentar fabricarlo en sus tierras. Ahora lo producimos para el consumo de El Leñoso, que es muy poco, y para clientes extranjeros que pagan muy buen dinero por él. Muchas familias viven de la jima y destilación del huamilón. Enseguida el Jerarca se levantó y comentó que había estado muy a gusto platicando conmigo, que me esperaba mañana por la noche para contarme la vida curiosa de Mister Andrux, el géologo y que durante el día él mismo me acompañaría al Sendero de la Gruta y, de paso,  a conocer la destiladora del cajazo.

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miércoles, 13 de enero de 2016

Bolos, el planeta rebelde




La graduación del boy scout temerario e impetuoso

Xavier Q Farfán

Capítulo III. El dictador lunático Vórcex. Segunda parte.

   Mientras vagaba por ahí al lado de la Nano-esfera chispeante se iba recomponiendo poco a poco de tanto sobresalto; Bolos ya no se sentía tan atarantado e intentó poner orden a sus pensamientos haciendo un recuento de los acontecimientos tan dramáticos a los que había sobrevivido. Trataba de recordar palmo a palmo lo sucedido.
-¿Estas bien, amigo?, te noto muy pensativo- inquirió la lucecita.
-Ya me siento mucho mejor, gracias; sólo estoy intentando hacer memoria, pero la verdad no comprendo, creo que estoy más confundido- respondió cortésmente. Y luego en voz alta empezó a recrear su recorrido: -en cuanto toqué la ventana virtual, una fuerza muy poderosa me sacó del Laberinto de las Rocas Silenciosas, luego sentí que caía a gran velocidad por un túnel muy oscuro que, pensé, era la Zona Plana; creo que eso fue lo último que supe. Ahora estoy en un sitio totalmente desconocido, y por lo que me dices, muy lejano. No entiendo nada-.
-Ni te preocupes- le animó la esfera, -en el espacio suceden cosas tan incomprensibles, que no tiene ningún sentido tratar de entender; lo importante es que estás bien, y al parecer en tus cabales- bromeó.
-Es probable que la Zona Plana sea sólo una fábula inventado por algún viajero afiebrado y en realidad lo que sucedió fue que atravesé por una agujero negro- aventuró el anaranjado.
-Ni lo sueñes amigo, eso no es posible porque si una cosa de ésas te llega a atrapar, ni la cuentas. Bueno eso es lo que dicen.
-Oye ¿Te suena el nombre de Druma?- preguntó Bolos. -Es un planeta aventurero, como yo.
-No, no me suena. he conocido a muchos vagabundos que pasan por esta parte en camino del Campo de Lluvia Plateada pero ninguno con ese nombre.
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   Bolos permaneció callado los siguientes minutos; estaba absorto haciendo sus conclusiones mientras la Nano-esfera hablaba sin parar describiendo los sitios por los que pasaban y dando santo y seña de todo el vecindario. No la escuchaba, por supuesto, y sólo le hacía ocasionales gestos afirmativos. Muchas preguntas giraban en su cabeza sin vislumbrar siquiera una respuesta, ni aproximada siquiera. Sanamente, el astro dejó de lado las cuestiones insolubles y transitó hacia la reflexión reposada de todo lo acontecido: desde que abandonó al Sistema Solar de Helio, sus experiencias antes de caer en el Laberinto de las Rocas Silenciosas, su estancia en la guarida de Zungaar y el estrecho vínculo que habían establecido, la supuesta Zona Plana; en fin, trato de hacer un inventario detallado de todo lo vivido.
   Por su parte, la Nano-esfera seguía con su exposición, muy ilustrativa y didáctica, hay que reconocerle, del vecindario; sin embargo al notar sus respuestas automáticas, optó por guardar silencio y dejó que Bolos continuara con su abstracción mientras flotaban sin dirección aparente. En su introspección, el anaranjado pudo entender, por una parte, que la decisión de abandonar su casa inicial, había sido una pedante exhibición de rebeldía juvenil, y por la otra, que llevado por una auténtica visión exploradora, podría alcanzar sus más ambiciosos propósitos de vida. Al final de cuentas era un hecho consumado al que no podría modificar ni un milímetro, siquiera. Comprendió también que se trataba de asumir con aplomo las consecuencias de todos sus actos, incluso los de poco juicio. Hacerlo le proporcionaría la habilidad de tomar mejores decisiones en el futuro.

   Este ejercicio le estaba sentando bien a Bolos; el chapuzón que se daba en lo más profundo de sus pensamientos y de sus emociones, le abría el panorama extraordinariamente. En todas las experiencias del pasado que pusieron a prueba su temple, las más peligrosas y hasta las más divertidas, habían detalles en común que pasó por alto: siempre recibió, de alguna manera, la ayuda de alguien. Ahora le quedaba claro que sus recursos personales habrían sido insuficientes para superar todos los retos del pasado. Pensó en Zungaar, en Druma y en las esferitas. La experiencia y la sabiduría de aquellos fue determinante para que pudiera llegar hasta donde estaba, y las Nano-esferas, aún diminutas e insignificantes, en dos ocasiones lo sacaron de líos muy gordos. Captó en ese momento que el tamaño o la brillantez o la posición importan muy poco cuando se trata de la solidaridad con otros y que siempre se podrá ser útil para alguien.

   Se pudiera decir que tras estas cavilaciones Bolos cambió radicalmente su visión. Recordó la afirmación aquella de Zungaar de que en el espacio las cosas suceden vertiginosamente, y aunque le parecía demasiado breve, muchas cosas sucedieron en el tiempo desde que salió del dominio de Helio a esta parte. También se pudiera decir que estos momentos reflexivos, de autoconocimiento, vigorizaron sus más anhelados proyectos personales y de paso, fueron su graduación como un explorador más maduro y seguro de sí mismo. Ya no era más el boy scout temerario y impetuoso.

   

martes, 12 de enero de 2016

La Leyenda de Ricardo el descalzo

Xavier Q Farfán

Crónicas del Sendero de la Gruta. Tercera Parte

   El anciano venerable nos tenía embobados con su narración, incluso a los niños que, sentados en el zacate con los ojos muy abiertos, no perdían detalle. Ocasionalmente gesticulaba para enfatizar algunas partes del relato, pero normalmente estaba quieto; su voz, bien impostada a fuerza de tanto contar historias, no requería mayores artilugios para tener absortos a los oyentes. A pesar de que los nativos de El Leñoso conocían al dedillo los cuentos, todas las noches de lumbrada entraban en un estado de fascinación al escucharlas nuevamente.

   Cuando el anciano hacía alguna pausa dramática, aprovechaba para dar unos sorbos a su cajazo de huamilón, -aguardiente local muy suavecito, al principio- y lo mismo hacían los hombres adultos que lo escuchaban, y las mujeres y los niños, por su parte, bebían atoles calentados en braceritos de lámina; se podría decir que durante un par de horas el anciano hipnotizaba a medio pueblo.Y había, por supuesto, los que preferían no asistir porque no les agradaban los cuentos y otros tantos que eran muy miedosos, pues las leyendas, todas, hablaban de aparecidos y cosas de ésas.

"La madre de Ricardo el descalzo, doña Antonia, mujer de muy buenos modos, al ver que era imposible hacer que el muchacho fuera a la escuela, procuró ella misma enseñarlo a leer y escribir. No quería que su muchacho se quedara burro y también le enseñó a hacer cuentas, que le sirvieron de mucho cuando ayudaba a su padre, Ricardo viejo,  a vender el oro que sacaban de la Virgen. Era muy listo el muchacho, aprendió muy rápido todas las cosas que le enseñaron; lástima que no le gustaba usar zapatos y tampoco le gustaba juntarse con nadie, a lo mejor por las burlas que le hicieron tantos años.

"Así, entre que la mamá le enseñaba las letras y el papá lo traía trabajando, el descalzo se daba sus escapadas al monte para cazar conejos y codornices. Además de ser muy certero con las piedras tenía algo que es muy importante de los cazadores: el chavalo sabía esperar. Pasaba largos ratos agazapado entre los arbustos esperando que los animales se confiaran y ¡pas!, les daba el pedradón. Y como le ayudaba a Ricardo viejo, su señor padre, en el rastro del pueblo, también agarró mucha destreza con el cuchillo; ahí mismo donde mataba los conejos los desollaba y les quitaba la piel casi casi con un solo corte. No había día que regresara a su cada sin presa: liebres orejeras, conejos, lagartijas, codornices; alguna ocasión llegó con una víbora de cascabel a medio matar colgada del pescuezo y se armó tremendo sanquintín: Doña Antonia, que siempre estaba de buenas, sufrió un ataque de histeria que sólo le pudieron calmar con muchos tecitos de ruda. Después, le suplicaba a Ricardito que por favor no anduviera jugando con serpientes, que qué pensaba. Para Ricardo, ya un mocetón de 15 años, no era un juego: la cacería de había convertido en una pasión y más adelante en su forma de vida.

"En sus correrías diarias llegó a conocer todos los vericuetos de la Sierra de la Virgen, recorrió el Río Roto leguas abajo hasta el maendro que rodea a la cordillera y por supuesto conocía. como la palma de su mano, el Sendero de la Gruta, que más bien parece un paseo de lo bonito que es durante el día. También sabía dónde están los tiros, los pozos y la entradas de la mina, desperdigados aquí y allá a lo largo de las crestas de la montaña. Tanto así que muchos fuereños y hasta algunos de aquí, le preguntaban dónde estaba tal cueva o tal peña. Y no sólo les informaba, sino que se acomedía a llevarlos. En fin que era muy buen muchacho ese descalzo, y todos en el pueblo, incluso los que se burlaban de él, lo empezaron a apreciar mucho, más cuando regalaba a las señoras los conejos sin piel o codornices para que les prepararan calditos a los niños, quesque son muy buenos para el desarrollo, les decía.

"Cada vez sus excursiones se fueron prolongado y haciendo más audaces; los padres, ya resignados, sólo le daban la bendición cada que salía. Se iba más lejos, río arriba hasta las zonas boscosas, ya no tras los conejos, sino en busca del ciervo mulo y del gato montés. Poco a poco dejó de acompañar a Ricardo viejo, su papá, a la mina y al rastro hasta que finalmente un día avisó que saldría de cacería todo un fin de semana. Escandalizada al principio, la madre se conformó con el juramento de que se cuidaría mucho y que se iba a encomendar a San Huberto de Lieja, patrono de los cazadores. También la tranquilizó la promesa del descalzo de traerle hermosas pieles de venados y de gatos salvajes para hacer colchas y tapetes. Ella por su parte lo encomendó a San Miguel Arcángel esa tarde de viernes que marchó por la vereda junto al río rumbo a la Sierra Gruesa.

"En la casa, ya conforme con la resolución de su hijo, Antonia se quedó rezando el rosario al lado de su marido y de Lila y Toña, sus hijas menores gemelas, conocidas en el pueblo como las cuatas Cuervos. Niñas bien portadas en la escuela y en el catecismo de los domingos, sirvieron de mucho consuelo a los atribulados padres, que presentían que lo de Ricardo no era de un fin de semana, sino de más tiempo. Y tenían razón, pues la vuelta duró 10 días.

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domingo, 10 de enero de 2016

Bolos, el planeta rebelde

Xavier Q Farfán

Capítulo III. El dictador lunático Vórcex. Primera parte.

- ¡Ayuda! ¡Ayuda, por favoor! ¡Zungaar!-

   Desesperado, Bolos no dejaba de gritar mientras giraba alocadamente. Le suplicaba a su amigo que lo ayudara, que la Zona Plana lo estaba jalando, que estaba muy oscuro y muy frío, que tenía miedo; pero Zungaar no respondía. La fuerza que lo tiraba iba en aumento cada vez, lo mismo que su angustia. Ya no le quedaba energía para resistir; sólo esperaba el auxilio de Zungaar o de quien fuera. Era tal su terror que los gritos se le ahogaban antes de salir, quería desgañitarse para que lo escucharan, que vinieran Helio o Druma para rescatarlo. Nadie acudió; el planeta rebelde estaba solo y a punto de ser engullido por la Zona Plana. Finalmente ya no pudo más y su último alarido se fue extinguiendo paulatinamente, mientras se precipitaba en un abismo aterrador totalmente negro. Mientras caía en ese túnel interminable, sintió cómo se iba adormeciendo poco a poco; empezó a escuchar las voces muy lejanas de sus amigos que le pedían que no se fuera. En medio de este delirio perdió el conocimiento.

-¡Amigo, amigo!, ¡despierta!- La Esfera luminosa que estaba tratando de reanimarlo insistía sin éxito; lo rodeaba velozmente una y otra vez gritándole que despertara, que se estaba acercando peligrosamente al temible Vórcex, pero Bolos no reaccionaba. En un esfuerzo final por despabilarlo la pequeña estrella chocaba contra él, al tiempo que le gritaba con todas sus fuerzas. Todo era inútil porque Bolos seguía inconsciente vagando al garate, presa de los extraños vientos espaciales que ahora lo acercaban cada vez más a Vorcex, un pequeño sistema solar que era la pesadilla de todos los que se atrevían a rondar esa parte del cielo.

   Desterrado de una galaxia muy lejana por sus constantes conflictos con sistemas solares vecinos, Vórcex se trasladó hasta esta parte del universo, paso frecuente de planetas errantes o exoplanetas que buscan llegar al Campo de Lluvia Plateada, un lugar de belleza extraordinaria, y asentó aquí su pequeño reino de terror. Dicen que tiene una fuerza gravitacional muy poderosa que utiliza malévolamente para atraer a los descuidados y obligarlos a orbitar para él por siempre. Tiene dos astros sin nombre a su servicio, siempre girando en torno suyo y al parecer los tiene esclavizados desde que fue expulsado; inicialmente los convenció que lo acompañaran con la promesa de que juntos, los tres, tendrían espectaculares aventuras por todo el universo, pero una vez fuera los aprisionó con su tremenda fuerza de atracción. Y tenerlos así sólo parece el capricho de un dictador lunático, pues Vórcex no obtiene ningún beneficio práctico de este cautiverio. Sólo le insufla el ego.

   Parecía inevitable que Bolos cayera en las garras del maloso; cada vez se acercaba más y para su infortunio el viento espacial arreciaba. Por su parte, a la Esfera luminosa que intentaba reanimarlo se le acababan las ideas, hasta que notó el volcán que el aventurero tenía en su polo norte. A toda prisa se acercó al cráter y sin pensarlo mucho se lanzó hacia adentro como rayo y ahí dio un grito tan retumbante que la corteza de Bolos se cimbró de tal forma que casi se desprende. Por fin el astro desmayado volvió en sí y alertado por la esferita brillante pudo alejarse del peligro.

Image result for fotos de la vía lactea-Estuvo cerca, amigo-, respiró aliviada la salvadora de Bolos. -Creí que nunca ibas a despertar y que terminarías como esclavo de Vórcex.
Bolos, que aún no sabía bien a bien qué era lo que estaba sucediendo, sólo la miraba fijamente sin poder decir nada y se estremecía cada momento hasta que le pasó el aturdimiento.
-¿Dónde estamos?- por fin pudo decir algo el trotamundos.
-Exactamente no lo sé pero creo que en el Brazo de Orión de la Vía Láctea-, dudó la Esfera.
-Me refiero a este sitio específico, supongo que el Anillo de Asteroides está por aquí.
-¿Anillo? No amigo, en esta parte no hay ninguno. Llevo recorriendo esta zona mucho tiempo y no he sabido nunca acerca de un anillo de asteroides-, aclaraba la pequeña lucecita. -Creo que aún no acabas de despertar y estás alucinando- concluyó.
- No, créeme que no. Acabo de escapar del Laberinto de las Roca Silenciosas, que es como le dicen a una parte de ese anillo-, trataba de explicarle Bolos.
 -Estaba ahí con mi amigo Zungaar, y cuando pude cruzar la puerta de salida ya no supe más. -¿Aquí es la Zona Plana?
-¡Qué Zona Plana ni qué nada! ¡Despierta amigo! Sigues delirando- exclamó la Esfera Luminosa.
-Mejor demos un paseo para que te repongas y puedas pensar con claridad. Yo mientras te platico del maniático de Vórcex- remató.


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lunes, 4 de enero de 2016

Bolos, el planeta rebelde

Xavier Q Farfán

Capitulo II. La Pesadilla de la Zona Plana

   Los destellos multicolores emitidos desde el pórtico virtual cesaron de pronto, pero ese zumbido irritante siguió haciendo vibrar todo el anillo de asteroides algunos instantes; daba la impresión que en cualquier momento estallaría todo, pero no pasó nada. El silencio habitual del espacio otra vez se hizo presente y Zungaar, solo de nuevo en el Laberinto de las Rocas Silenciosas, no dejaba de mirar la roca blanca por cuyo orificio su amigo Bolos había desaparecido. Mucho rato permaneció ahí, ensimismado e inmóvil ocasionalmente estremecido por los remezones de la luz vibrante. Imposible saber lo que estaba pensando.
   Cuando finalmente el intenso brillo de Milo fue declinando paulatinamente hasta desaparecer del firmamento del anillo, el cansancio y la oscuridad sacaron a Zungaar de sus cavilaciones y flotó de regreso a su guarida. Ya en la seguridad de la cueva, aunque un poco triste por la ausencia del anaranjado, no dejaba de pensar y maravillarse del paso de los cometas. Claro que ya los había visto en ocasiones anteriores, pero jamás les prestó mucha atención y ahora que estuvo tan atento a su paso pudo ver que no se trataba de estrellas nómadas, de brillo propio, sino más bien montones de hielo y otras sustancias que reflejaban intensamente la luz de algún sol cercano. Es increíble, pensaba, cómo un objeto sin luz propia puede brillar tanto en el cielo, al grado de parecer una hermosa estrella con su coma deslumbrante y una cauda de polvo y gas cósmicos que de tan luminosa, parece viva.
   Las reflexiones de Zungaar siguieron durante parte de la noche y por supuesto pensaba en Bolos; tenía la preocupación de que en el momento de cruzar la puerta virtual, algo pudo salir mal y en lugar de llegar al espacio abierto, como ambos esperaban, quizás fue abducido por la Zona Plana. Sin embargo no había forma de saberlo y sólo confiaba en que su amigo ya estaba nuevamente recorriendo el universo. Y nostálgico por momentos, deseaba haber acompañado al vagabundo, saber que estaba bien y ser testigo de primera mano de los descubrimientos fantásticos que seguramente lograría.
   La Zona Plana es un lugar indefinido del que nadie puede precisar su ubicación ni su tamaño ni nada y solamente los astros que alguna vez estuvieron cautivos ahí, pudieran dar alguna información de lo que vieron y de cómo entraron y al final de cómo salieron, pero hasta la fecha, en todo el espacio conocido nunca se ha sabido de alguno. Ni siquiera Druma que era un consumado planeta aventurero y conocedor de los fenómenos celestes sabía mucho de la ZP, sólo versiones que fue recogiendo a lo largo de sus viajes interestelares. Incluso él, ahora mismo, bien pudiera estar encerrado ahí. ¿Cómo saberlo? Lo que se especulaba era que adentro sólo existía una dimensión y los objetos por grandes que fueran se transformaban en algo así como discos con un solo plano muy delgado y que vagaban por siempre, a veces adheridos al muro invisible de la Zona, a veces sueltos por ahí, sin dirección ni propósito.
   También se decía que los astros aherrojados en la Zona, podían mirar hacia el exterior a través de sus muros invisibles pero infranqueables y hasta gritar, si querían, pero sus voces eran devueltas por la pared en forma de ecos muy chirriantes, insoportables, tanto que preferían ni siquiera hablar. Era, si vale la comparación, como estar en una gran pecera esférica inexpugnable y por si fuera poco, invisible para quienes estaban afuera. No había, pues, forma de salir y tampoco de pedir auxilio.
   No obstante este destino de cautiverio absoluto sin fin, las leyendas también mencionaban algunas posibilidades, muy remotas e improbables, de escape. Así, por ejemplo, se decía que la Zona Plana no era la única del universo, que otras como ella vagaban fortuitamente en la inmensidad espacial y cuando accidentalmente dos se aproximaban entre sí, la atracción resultante era tal que el choque producía una anti-explosión, o explosión muda, como les dicen. Tan descomunal era la energía producida por el choque de dos zonas planas que por un brevísimo instante se iluminaba, hasta sus confines mismos, todo el universo.
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   El resultado de la explosión muda, de una potencia tan absurda como silenciosa, era que las zonas planas involucradas desaparecían por completo y que los objetos retenidos eran liberados todavía en forma de discos muy delgados pero que en cualquier momento, así de repente, recobraban su volumen normal. Como si fuera posible más asombro, esta leyenda remataba con la versión de que cuando los astros aplanados retomaban su forma, también, así de repente, se duplicaban a sí mismos y adquirían luz propia, es decir se convertían en estrellas -de las conocidas como gemelas-, en una suerte de mitosis sideral gigantesca. Sin embargo no se debe perder de vista que se trata sólo de una leyenda, que aún con elementos muy reales y resultados muy convincentes no deja de ser eso, una leyenda. Habría entonces que preguntar a los astros liberados, ahora relucientes estrellas, si todo esto es cierto. Sólo falta encontrar uno.
   Todas estas divagaciones excéntricas a cerca de la Zona Plana al parecer seguirán siendo sólo eso, porque en algún sitio sin identificar y por lo que se ve, muy lejano, sorpresivamente apareció Bolos, el planeta rebelde y estaba muy atolondrado, tanto que no sabía se subía o bajaba, o si iba o venía. Resulta que cuando apenas tocó la superficie que parecía líquida de la puerta virtual, allá en el Laberinto de las Rocas Silenciosas, fue jalado por una fuerza muy grande y desconocida que lo condujo por algo que parecía una resbaladilla casi vertical muy oscura. En apenas una fracción de segundo la caída adquirió tal velocidad que su masa empezó a contraerse y a aplanarse; sentía que la fricción que enfrentaba le arrancaba partes enormes de su corteza y creyó entonces que la Zona Plana lo había atrapado, pues su forma redonda, de naranja, se había esfumado y ahora era sólo un disco volador muy veloz. De pronto ya no vio ni sintió nada, hasta que así de pronto, también, su cuerpo recobró sus formas normales y Bolos volvió en sí.
 
  

domingo, 3 de enero de 2016

La Leyenda de Ricardo el descalzo

Xavier Q Farfán

Crónicas del Sendero de la Gruta. Segunda parte.

   Mi trabajo de auditor de leyendas me ha llevado a los lugares más insospechados, he peregrinado por los caminos más llanos y también por los más intrincados; los paisajes avistados han sido mayormente hermosos, exuberantes, y algunos muy sombríos. He conocido también a mucha gente: mujeres, hombres y niños normales, extraños, sospechosos, mentirosos, confiables, siniestros, amables, uraños. En fin que puedo decir, sin faltar a la verdad, que lo he visto casi todo.

  Siempre que emprendo mis viajes de estudio llevo la consigna de no albergar ideas preconcebidas acerca de los sitios que visito para que el dictamen final sea objetivo y justo, y aunque admito que hacer convivir a las palabras "leyenda" y "objetivo" en una misma oración no es sencillo, intentarlo hace a mi trabajo más apasionante. Sin embargo, en esta expedición a El Leñoso sentí una carga excepcional cuando abordaba el Tren de la Cordillera, una suerte de emoción anticipada muy agradable que me pegó, aquí, en la boca del estómago. Con esa sensación de optimismo me instalé lo más cómodo que pude en el vagón de Primera -que por cierto era el único para pasajeros del breve convoy- al lado de una señora joven muy seria, que a juzgar por el rosario que manipulaba, estuvo rezando gran parte de la travesía. Sólo una vez intenté emprender charla con la dama porque el seco monosílabo que recibí por respuesta fue suficientemente claro. Mejor me dediqué a contemplar la campiña; pude ver el cambio paulatino de la vegetación y la geografía: primero los enormes campos de labranza expropiados al desierto por los pioneros de mi tierra, luego extensas áreas donde dominan los ocotillos, las biznagas de barril, los chamizos y claro, la intratable gobernadora; al final aparecieron los mezquites dulces y otros arbustos mayores que indicaban la proximidad de la serranía.

   Luego de muchas horas de suave traqueteo, el tren por fin se detuvo en La Pila, que era la estación más próxima a El Leñoso. Ahí descargaron rápidamente algunos bultos y cajas flejadas que serían llevados enseguida a poblados cercanos por caminos de tierra. Al chofer del camioncito de reparto que me llevaría al pueblo sólo le entregaron unos sobres manila y una caja pequeña. Muy cortés, el hombre me ayudó a cargar mi única maleta y pronto estuvimos en marcha. Noventaycinco minutos nos llevaría el trayecto irregular y pedregoso de 12 kilómetros hasta El Leñoso, calculó el conductor con esa precisión  petulante que le daba recorrerlo dos o tres veces por semana. A lo lejos, de frente, pude ver la Sierra de la Virgen con sus picos escarpados y laderas muy verdes; ahí estaban sus minas de oro ya fatigadas a punta de marrazos, y ahí estaba también el Sendero de la Gruta, que de noche es gobernado por los más horripilantes seres jamas imaginados, dicen.

  En el recorrido, por momentos muy lento, puede notar a la derecha lo que parecía una vía de tren herrumbrosa, cubierta por arbustos y algo de tierra. Mi acompañante me comentó que era un ramal que la compañía de ferrocarril, contagiada por la fiebre del oro del siglo pasado, había empezado a construir para hacer más rápido el trasiego de la bonanza. Sin embargo la mina no dio para más, la vía quedó inconclusa y el tren nunca llegó hasta El Leñoso. Después ni siquiera fue apetecible para los ladrones, a lo mejor porque los rieles son muy pesados. Hasta ese momento la nuestra era una plática un tanto forzada, de cortesía, pues, pero cuando Elías Rentería -que así era el nombre del chofer- se enteró de la razón de mi visita, se puso más hablantín y me hizo una sorprendente relación de las leyendas que se contaban en el pueblo y aseguraba que la de Ricardo el descalzo no le pedía nada a otras, como la de la Guerra de de las Mojoneras, o la de Mister Andrux -supongo que quiso decir Mister Andrews-.

   La villa ya nos quedaba a tiro; era cuestión de nomás remontar la última loma y veríamos aparecer al Obelisco del Valor que marca el  inicio de la calzada principal -la única embaldosada-, me informó don Elías y sin que le preguntara nada se aprestó a relatarme la historia del monumento. Decía que ahí, exactamente donde se erigió el Obelisco del Valor, o Piedra de la Culpa -así me dijo-, murió el Capitán Horacio Adán Avellanas a manos del jefe indio Carazul. Claro que el gancho lanzado por el conductor del camioncito agarró pez, e intrigado le pedí que me contara más. Decía la historia que el Capitan Avellanas era el responsable de una guarnición militar en El Leñoso allá por la última década del siglo diecinueve, que protegía a sus habitantes del asedio de los indios liebros encabezados por Carazul. Era el cuento de nunca acabar con estos bandoleros, pues apenas se estaba reponiendo de un ataque, cuando ahí estaban otra vez, asolando al pueblo; hasta a las mujeres cargaban los salvajes. Y la llegada de los federales al mando de Avellanas fue lo único que los mantuvo a raya un buen rato.
 
   Meses después, en una incursión nocturna muy planeada por los salvajes, se desató una batalla tan sangrienta que a las pocas horas eran contados los soldados y los indios que seguían de pie. No se deban tregua alguna hasta que cerca del amanecer, exhaustos todos, acordaron dirimir la guerra con un duelo a muerte con cuchillos entre Avellanas y Carazul y el pacto fue que si ganaba el militar, los salteadores se irían para siempre; y si ganaba el jefe indio, podrían saquear el pueblo a sus anchas. Justamente donde está el Obelisco de granito negro se agarraron a cuchillazos los dos. En la cara, en los brazos, en el pecho; por todos lados se clavaban los sables hasta que se fueron doblando poco a poco. Ya tendidos en la tierra bien muertos sus jefes, los combatientes se limitaban a mirarse entre sí sin saber cómo proceder, hasta que el raso Meneses tuvo la ocurrencia genial de acercarse al capitán occiso, levantó un poco su cabeza toda lacia y le acercó su cantimplora a la boca, para que pareciera que tomaba agua. Enseguida se acercó al cadáver de Carazul y, con mucha solemnidad, lo levantó para llevarlo hasta donde estaban sus compinches. Al ver esto los fascinerosos a regañadientes honraron su palabra y tomaron las de villadiego. Por cierto que la cantimplora milagrosa de Meneses está exhibida en el Museo Testimonial de los Héroes de El Leñoso y también está su medalla del honor que le entregó la Mesa de Notables luego de la victoria; cuando murió, su esposa la donó al pueblo porque no sabía dónde poner algo tan valioso, dijo. El chofer se ofreció amablemente para servirme de guía cuando yo decidiera recorrer el sitio histórico.

   Francamente encantado con la narración, y con ganas de que el Sr. Rentería contara más, le pregunté por qué se refería al Obelisco como la Piedra de la Culpa y lo que me contó no era menos asombroso. Resulta que cuando se largaron los liebros, la tropa sobreviviente se fue, entre vítores y carcajadas, a celebrar la victoria en la taberna de El Leñoso. Era tal el júbilo de los federales que olvidaron recoger el cuerpo de Horacio Adán, su jefe. En medio de aquella juerga fenomenal nadie reparó en la omisión, sino hasta la mañana siguiente cuando el raso Meneses echó de menos su cantimplora y fue como se acordó del Capitán, Todavía medio borrachos algunos soldados regresaron por el cadáver, pero al parecer los perros del pueblo y los zopilotes fueron más rápidos, porque sólo encontraron huesos y el uniforme ensangrentados. De cualquier forma, aún con el cuerpo incompleto del valeroso capitán, el homenaje posterior que le rindieron resultó muy emotivo;  y de paso, en la misma ceremonia, honraron las acciones del tal Meneses. Cuando se retiraban del panteón, alguien preguntó al raso por qué había cargado a Carazul muerto hasta dónde estaban los indios, que qué caso traía y muy orondo contestó que lo hizo para que no se acercaran y se dieran cuenta del fraude.

   El viejo camión se detuvo frente a la plazuela de El Leñoso un poco antes del ocaso y Elías, antes de llevar a la oficina de correos los encargos, bajó mi maleta y me señaló la casa del Jerarca, que era donde me hospedaría porque el único hotel de la región hacía muchos años que estaba en ruinas, desde que su último dueño murió de viejo y los visitantes, muy esporádicos, invariablemente eran recibidos ahí. Me encaminé hasta la casona y con cierto desdén los sirvientes me dieron la bienvenida y me indicaron el camino de mi dormitorio; de paso me avisaron que el Jerarca me esperaría para cenar en un par de horas.

  Es una casa grande de construcción muy sencilla con un patio central jardinado, más bien chico, con bancas platicadoras y rodeado de un amplio pasillo de mosaicos marrón con techumbre de lámina y madera sostenida por arcos de adobón muy bien conservados, dos por lado. Macetas con helechos y malvones eran los únicos adornos y las habitaciones, que se comunicaban todas a través de puertas muy pesadas de madera de pino estaban muy bien encaladas y limpias, con sus rasos de viga muy altos. A mí me mandaron a la del fondo, contigua a otra que servía de almacén. Un ropero, una mesa con una jarra de agua del Río Roto y una cama era todo lo que había, y era justamente lo que necesitaba. Estaba muy agotado del viaje por el camino tan accidentado en algunos tramos y que, sin embargo, debió tener sus mejores días cuando la bonanza del oro atrajo a decenas de oportunistas gambucinos y mercaderes. Quería despatarrarme en la cama y dormir hasta el día siguiente, pero el hambre y el compromiso con el Jerarca para acompañarlo lo impidieron. Sólo pude recostarme unos minutos y mientras miraba el entramado de madera del cielo raso del cuarto, hice un recuento del primer día que, para el propósito de mi viaje, había sido muy satisfactorio. Optimista imaginé que lo que faltaba era aún mejor.

   De regreso en el zaguán de la entrada tras un breve descanso, Salmón Espirigota ya me esperaba para que cenar juntos y luego ir a la Plaza Grande, frente a la casona, para que al amparo de una hoguera descomunal escuchara las historias del pueblo y sus alrededores en voz de los más venerables vecinos de El Leñoso y que como siempre, eran certificadas como ciertas por el cura del pueblo, Don Mayelo, con un afectado movimiento afirmativo de cabeza.

  Fue una cena relajada y opípara: carne de conejo asada, muchas verduras cocidas, frijoles de olla condimentados y pan de cazador; de postre me sirvieron un dulce de guayabate acompañado de una sobremesa muy agradable con el cacique y su esposa Lucinda y que se pudo prolongar muchas horas de no ser por que la tradicional fogata había sido encendida afuera y la mayoría de los lugareños ya se acercaba. El señor Espirigota y su esposa me condujeron hasta la banca principal, donde el sacerdote Don Mayelo ya estaba bien acomodado; el cacique me lo presentó y sin pararse sólo extendió la mano con la palma hacia abajo; desconcertado por ese gesto miré hacia mis anfitriones y doña Lucinda hizo como si se besaba la mano y yo, sin mucha convicción, toque apenas con los labios la del cura. Ya todos sentados en sus lugares, uno de los ancianos venerables tomó la palabra y sin mayor preámbulo inició la narración de la historia de Ricardo Cuervos, el descalzo.

"Cuando llegaron a El Leñoso, Ricardo viejo y Antonia se fueron a vivir a la Calle de los Abodes, en una casa que les habían prestado la familia Armenta; la señora ya venía embarazada y muy pronto parió a su primer hijo, Ricardo, que así lo bautizaron en honor de su papá, Ricardo viejo, y el señor cura aquí presente no me dejará mentir. Al niño Ricardo nunca le gustó usar zapatos, ni huaraches, ni nada en los pies y cada que vez Antonia se los ponía, el mocoso se los quitaba y los aventaba a las gallinas del corral, o a los perros, por eso todos los animalitos de la familia le tenían mucho espanto. A la mamá le daba mucha vergüenza que su hijo siempre anduviera descalzo, más los domingos, cuando iban a oir la santa misa, pero con los años se le fue quitando la pena y también dejó de rogarle a Ricardito que por el amor de Dios se pusiera unos zapatos aunque fuera sólo para ir a la escuela y a la iglesia.

Image result for fotos de senderos nocturnos "Era muy vago de muchacho y así como nunca le gustaron los huaraches tampoco le gustó la escuela y prefiero trabajar con su papá, a veces en la mina, a veces en en el rastro. Eso sí, era muy trabajador y cuando ayudaba a Ricardo viejo a raspar oro, allá arriba en la Virgen, siempre regresaban con el doble de metal para venderlo en el molino. A veces se echaba dos vueltas a la mina, por eso creo que conocía tan bien al Sendero de la Gruta, que de día es muy tranquilo y hasta bonito, pero que de noche dicen que es muy peligroso y que los que se atreven a cruzarlo no se vuelven a ver nunca. porque dicen que se los lleva el malino.

"Los muchachos de su edad, que sí se ponían huaraches o botas o zapatos, se burlaban mucho del descalzo, pero pronto se aburrieron porque Ricardo no les hacía caso. Y cuando todos estos chavalos crecieron más, se empezaron a burlar otra vez de él, ahora porque no le gustaban las novias. Lo hacían cabecear mucho al pobre y poco a poco se fue alejando de los vecinos. Se iba solo a cazar conejos a la orilla del camino que viene de la estación y a veces hasta más lejos. Tenía muy buena puntería con las piedras y pronto se hizo muy buen cazador y a pesar de que no usaba huaraches era muy rápido corriendo entre las piedras y los charcos, persiguiendo a los animales asustados y heridos por los piedrazos, Y de tanto andar descalzo, a Ricardo se le endureció el pellejo de los pies que de plano ya no necesitó usar nada, ni siquiera botas para el frío.

continúa...

sábado, 2 de enero de 2016

La leyenda de Ricardo el descalzo

Xavier Q Farfán

Crónicas del Sendero de la Gruta. Primera parte

   El Sendero de la Gruta es uno de los paisajes más hermosos de la región, pero por las noches se convierte en un pasadizo aterrador colmado de fantasmas y criaturas infernales. Al menos eso aseguran los vecinos de El Leñoso, pueblito cercano a la montaña; dicen que muchas personas desparecieron cuando temerariamente se atrevían a cruzarlo en medio de la oscuridad, pero lo cierto es que jamás hubo algún reporte oficial y tampoco nadie se quejó nunca de que faltara alguien. Verdad o no, esta presunción popular que se fue tejiendo entre chismorreos y supuestos con el correr de los años, le dan ese tufo siniestro que atemoriza a tantos. Hubo, por supuesto, hombres muy valientes, o por lo menos curiosos, que intentaron desvelar su enigma. Ricardo Cuervos, el Descalzo, era uno de ellos y al final de su incursión de la que milagrosamente salió vivo, quedó como retrasado y sus hermanas menores Lila y Toña tenían que limpiarle las babas que le escurrían de la boca todo el tiempo.
   El inicio de la construcción del Sendero de la Gruta se perdió en la penumbra de un pasado sin registros y los habitantes más viejos de El Leñoso especulan que cuando sus antepasados llegaron a la región el camino ya estaba ahí, que lo habían hecho para bajar cargamentos enormes de oro desde las crestas de la sierra de la Virgen. Y para explicar los sucesos tan macabros que se presentan durante la noche, por supuesto que también hay sus versiones, todas muy descabelladas y todas tenidas por ciertas entre los habitantes del poblado, que, a pies juntillas, creen todo lo que escuchan. Todas las historias son verdaderas en El Leñoso y no se trata de una ingenuidad bobalicona, sino una convicción genuina tan cercana a la fe que no necesita explicación alguna. Aseguran, por ejemplo, que todos en el pueblo son familiares y que llegado el momento, o la necesidad, se casan entre ellos y que nunca, hasta la fecha, se ha presentado ningún caso de hijos fenómenos. El único raro, decían, era Ricardo el Descalzo, que por andar haciéndose el héroe en el Sendero de la Gruta algo lo asustó y quedó tonto.
   El Leñoso es un pequeño pueblo situado a menos de una legua de la Sierra de la Virgen, macizo de montañas muy altas y escarpadas generosamente poblado de pinos que se extiende paralelo al río Roto, donde se vierten sus deshielos al finalizar el invierno. Sus habitantes son pocos, unos ochenta, y como ya se sabe, todos son familiares. La mayoría vive de rebuscar y raspar restos del oro -que en su momento dio pujanza y renombre a la región- en las minas abandonadas, allá arriba en las cimas de la Virgen. Y aunque la naturaleza les regaló múltiples dones, los habitantes de El Leñoso son muy respetuosos de ellos; cortan los abetos sólo para cosas muy necesarias y nunca arrojan desechos de ninguna clase en el río, de manera que se puede beber agua en la orilla sin ningún temor. Allá las vida es más bien sosegada y en ocasiones precaria, sobro todo cuando el poco oro que le queda a la montaña se rehúsa a mostrarse y sus habitantes sobreviven invocando su pasado glorioso y mejorando, noche tras noche frente a la fogata comunal, los mitos y leyendas arrastrados desde siempre y tenidos por ciertos, como una suerte de historia local alterna no escrita ni enseñada en la única escuela del lugar. Embarradas a la realidad de tal modo que es difícil distinguirlas, las leyendas, pues, gobiernan la convivencia cotidiana de este pueblo escasamente poblado, en el que casi todos son primos y tíos, y que también, debo decirlo, son excelentes anfitriones.
   El rumor de las desapariciones nocturnas en el Sendero de la Gruta llegó hasta mi oficina como una historia verídica confirmada y mi deber era corroborarla para poder incluirla en Catálogo General de Leyendas Nacionales , así que empaqué y emprendí el viaje hasta El Leñoso.

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